Tragedia por celos, muerte misteriosa, un asesino, locura… Esta leyenda de Toledo tiene los ingredientes necesarios e imprescindibles. Escrita por Leopoldo Aguilar de Mera, cadete de la Academia de Infantería en la Revista de arte Toledo en 1916.

D. Roque salió aquel día todo malhumorado de su casa. Como siempre las rencillas familiares de su esposa, la celosa D.ª Beatriz, que comenzando leves como la brisa, acababan tumultuosas como una tempestad, le habían acalorado y obligado a abandonar su palacio de la calle de la Magdalena, para vagar sin rumbo fijo, perdido por las tortuosas calles y empinadas cuestas de Toledo.

Calado el ancho chambergo y embozado en su capa de raso, que apenas si dejaba entrever la contera reluciente de su hidalga tizona, comenzó su peregrinación errante por la ciudad. Ya las campanas de los relojes habían cantado las once. Las casas se hallaban cerradas y las calles desiertas. Las sombras, extendiendo por doquier sus crespones funerales, daban a los callejones aspectos tenebrosos, capaces de infundir terror a los mismos malvados que buscan en la noche el confidente a sus perversidades.

D. Roque, sin ser un malvado, amaba la placidez y el silencio de la noche. Ella era quien, tocando las más delicadas fibras de su corazón, producía aquellas sentimentalísimas estrofas, pletóricas de armonía con tanto aplauso escuchadas en las veladas amistosas, que, con el fin de reunir a los allegados a su familia, celebraba semanalmente en los polícromos salomes de su palacio.

Y por eso casi todas las noches, salía de su casa sin acompañamiento, se dirigía a los más recónditos lugares de la ciudad y allí sobre un alféizar, sobre una gruesa piedra, transcribía los ritmos cadenciosos de su espíritu, que después leía en alta voz para deleitarse con su armonía y corregir sus defectos.

Estas nocturnas salidas eran las que traían nerviosa y llena de ira a doña Beatriz, que veía en ellas una mácula a su honor y un indicio casi comprobado de la infidelidad de su esposo.

Casino de Toledo, años 50. (c) JCCM, AHP, fondo Rodríguez signatura CT-003
Plaza de la Magdalena y Casino de Toledo, años 50. (c) JCCM, AHP, fondo Rodríguez signatura CT-003. Foto Toledo Olvidado.

La noche del suceso, como siempre, se entabló la polémica. D. Roque, sin terminar de cenar, se levantó de la mesa y salió a la calle perjurando de su destino, al propio tiempo que D.ª Beatriz se desataba en denuestos e imprecaciones. Tomó la calle del Barco y bajó la empinada cuesta camino del Pasaje. Pronto llegó al lugar de donde arranca el denominado callejón de los muertos y allí se detuvo. El lugar parecíale apropiado a sus cuotidianos planes. Arriba, su oído creía percibir el sonido grandioso del rodar de las celestes esferas; abajo, el Tajo como una mole negra y devastadora se precipitaba entre los molinos con rugidos y espasmos de fiera domeñada, y cerca las humildes viviendas, los murallones enhiestos y el pavoroso callejón, negro como boca de lobo y triste como su nombre.

En una esquina semiderruída se cobijaba una imagen, que un farol pobre de aspecto y luz apenas delataba. La habían colocado allí los piadosos toledanos en memoria de un ahogado. Allí, debajo de la hornacina, a la tenue claridad de la lamparilla, podría escribir con relativa facilidad, y acompañando a la idea la acción, se desembarazó de su capa, se acomodó en unas rocas, sólidas bases del edificio, y comenzó a escribir.

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—Ya lo sabes, Dieguín. La más leve sospecha, la más pueril idea de traición, y le matas. La justicia nada sabrá y yo te recompensaré con creces.

—Gracias, señora. Cumpliré vuestro mandato y que Dios me proteja. Un fuerte portazo resonó lúgubre en el silencio de la calle desierta, al propio tiempo que Dieguín, el paje de D. Roque, salía velozmente del palacio de su señor, llevando en su mente ciega el resplandor siniestro del crimen. Por las calles que más directamente le podían llevar a los barrios bajos, cruzó Dieguín como una sombra. Pronto llegó a la cabecera de la calle del Barco.

¿Habéis visto a mi señor?, interrogó a un golilla amigo suyo que se aprestaba a detenerle sospechando un delito.

—¡Ah! ¿Eres tú, Dieguín? Sí, por aquí bajaba hacia el Pasaje.

—Voy a buscarle, que se le olvidó la tizona y no son horas de andar sin ella, y rápidamente se perdió en la obscura calle, en dirección a los molinos.

Un olvidado Callejón de los Muertos en Toledo, tras la Iglesia de San Lorenzo.
Un olvidado Callejón de los Muertos en Toledo, tras la Iglesia de San Lorenzo.

D. Roque, mientras tanto, acababa de dictar su poesía. Inspirada en la apacible calma de la noche silente, la dedicaba a lamentar la ausencia del astro de la noche. Era un dolor para su espíritu artista el no ver sobre las blancas piedras su contorno proyectado por los rayos de la luna, no sentir el efluvio misterioso de su luz argentada. Y en efecto, comenzó así:

¡Oh rosa del jardín del firmamento! cándida luna, escucha tú el sentir de lo que siento; escucha complacida mi lamento no te sea mi plática importuna.

De pronto calló. Tras él habían sonado pasos. Volvió la cabeza e instintivamente echó mano a la empuñadura de su espada. Al propio tiempo, una sombra se ocultó entre los matorrales de jaramago que crecían a la entrada del callejón de los muertos.

D. Roque nada vio y así consideró el ruido tal producto exclusivo de su imaginación calenturienta y exaltada, disponiéndose a proseguir la interrumpida lectura, en tanto que Dieguín, esgrimiendo un puñal y oculto entre las matas, esperaba obedecer la voz femenil que aún vibraba en sus oídos:

¡Ya lo sabes, Dieguín! La más leve sospecha, la más pueril idea de traición, y le matas.

Y fija la vista en las acciones y ademanes de su señor, como pantera en acecho, creía ver a cada instante una bella, entreabriendo los cristales de una ventana y decretando inconsciente una pena de muerte.

D. Roque prosiguió:

¿Por que no escuchas del dolor mis quejas?
Yo anhelo de tus ojos los destellos
y que cuentes a mi alma las consejas
que tejieron con luz de tus guedejas
los hombres al brillar de tus cabellos.
Sal, reina del amor, mi ser te espera,
tú inundas mi dolor de poesía.
Acoge mi quimera
y escucha con cariño y placentera
cómo rima por ti la lira mía.

Dieguín no quiso oír más. Cautelosamente avanzó, encogiendo su cuerpo y arrastrándose como una serpiente, hasta colocarse a espaldas de D. Roque y elevando el brazo armado lo descargó frenético en su costado, hundiéndole el puñal hasta el pomo.

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Un grito ahogado que apagó por completo el bramar del río se escapó del pecho de D. Roque, el cual girando rápidamente, sobre sí mismo cayó para no levantarse más.

Dieguín, loco de espanto, huyó velozmente del teatro de la tragedia, no sin antes arrancar de las crispadas manos de su seño, el papel justificador de su delito ante D.ª Beatriz, que escribiera D. Roque horas antes, lamentando la ausencia en el cielo de la diosa de la noche.

— ¿Muerto?

— ¡Muerto, señora! Abridme de prisa que enloquezco de terror. La justicia está hecha.

El portón del palacio de D. Roque se abrió cautelosamente y apareció D.ª Beatriz, una de cuyas manos sujetaba un farol. Dieguín entró rápidamente, se cercionó de que nadie le seguía y cerró la puerta.

D.ª Beatriz impaciente le pidió detalles del hecho, mientras su faz empalidecía y sus ojos brillaban de terror.

¡Tomadlos, señora!, agregó Dieguín. Son versos que leía al pie de una ventana, dirigidos, indudablemente, a una damisela del Pasaje.

¡Infame!, exclamó D.ª Beatriz, y ciega de furor comenzó a leer:

¡Oh rosa del jardín del firmamento!
Cándia luna

— ¿Cándida luna, D.ª Beatriz?
— Sí, Dieguín.
— ¿Luego la poesía iba dirigida…?
— A la luna nada más.
— ¿Entonces, D. Roque…?
— ¡Inocente, Dieguín, inocente!

¡Inocente! rugió más que dijo el paje, y sin más decir, abrió la puerta y ofuscado comenzó a correr calle abajo hasta perderse en las encrucijadas.

D.ª Beatriz, al propio tiempo, cruzó el anchuroso patio del palacio entre extrañas contorsiones y grandes carcajadas, que tenían más de tragedia que de burla.

A la mañana siguiente, el pueblo y la Justicia, se hallaban alarmados y confusos ante el trágico fin e imposibilidad de aclarar hechos de una familia de la que el padre D. Roque había sido muerto de una puñalada en el Pasaje; el paje, Dieguín, había sido recogido flotando y deformemente hinchado en la corriente del Tajo cerca de los molinos y la esposa, Dª. Beatriz, que no hallando lenitivo a sus remordimientos, había perdido la razón.

¿Dónde se puede contar esta leyenda?

En el texto se mencionan tres puntos: la Plaza de la Magdalena, el callejón de los Muertos que hay junto a la desaparecida parroquia de San Lorenzo y el Barco de Pasaje.

Casa del Diamantista en Barco Pasaje, Toledo.
Casa del Diamantista en Barco Pasaje, Toledo.

Texto original: Aguilar de Mera, Leopoldo (23/01/1916): Revista de arte Toledo, número 26.

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