Hace años, un vecino de Toledo, ya fallecido, me contó algo sobre su casa en el casco antiguo que ahora me gustaría compartir con todos los que me leen aquí. Me hizo jurar que hasta su muerte, no contaría nada. Ahora ya no está y en su memoria, comparto la historia.

¡Lo que os estoy contando es tan cierto como que soy toledano de toda la vida!

Siempre mi familia ha sido propietaria de una vivienda muy cercana a esta plaza… (Omito el lugar por motivos obvios)

Cuando era pequeño y vivía allí con mis abuelos, me contaban que de vez en cuando, un «duende» hacía de las suyas en la casa. Yo siempre me imaginaba a ese duende como si fuera el típico gnomo, ya sabes, con el gorrito rojo y eso. Pero decían que aparecía muy de vez en cuando, coincidiendo con alguna festividad en la ciudad, cuando más bullicio se escuchaba por estas calles, que justo solía coincidir cuando nos marchábamos al pueblo de mi madre. Allí quedaban los abuelos con el duende, y a la vuelta nos contaban cosas sorprendentes.

Yo no le daba mayor importancia, nunca pude ver nada, según iba creciendo pensaba que mis abuelos siempre pretendían asustarme, ya sabes, cuentos para niños para que no nos portáramos demasiado mal.

Mi casa era vieja, casi tanto como la ciudad, pues en unas obras que hicimos para adecentar un sótano aparecieron restos de muros que los arqueólogos afirmaron pertenecieron a los romanos.

Ya siendo jovencito, e intentando «hablar» con cierta muchacha, decidí un Corpus no ir al pueblo de mi madre, y quedé sólo en casa. Mis abuelos ya habían fallecido. Era de las primeras veces que tenía la casa para mí (a mi madre no le hizo mucha gracia) y decidí invitar a mi nueva amiga. Ya se imaginarán que la intención no era jugar al mus con la chica…

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Pero algo pasó esa tarde.

Mi casa es muy toledana. Para que se hagan una idea, las habitaciones más importantes de la casa dan a un pequeño patio interior, cubierto con una gran cristalera. Si conocen por dentro alguna casa toledana, sabrán que no se escucha casi nada de lo que sucede fuera, por las calles. El silencio es casi absoluto.

Estando solo en el saloncito, cuando las calles se llenan de gente el miércoles anterior al Corpus, intentaba echar una siesta antes de salir a buscar a mi chica.

Un fuerte golpe me despertó como si media casa se hubiera caído sobre el piso superior. Algo rodó por el suelo durante unos interminables segundos. Alterado, subí corriendo las escaleras pero en la habitación de arriba, la de la chimenea, no había nada.

Me acerqué a la ventana para ver si alguien había arrojado algo al balconcillo que tenía esa habitación, y mientras miraba, pude sentir como si algo me estuviera vigilando. Rápidamente me di la vuelta y puede ver cómo una sombra, muy rápida, desaparecía por un rincón, y no era la mía.

De repente vinieron a mi mente todas las historias que mis abuelos me contaban, comencé a atar cabos y me acordé del día que era. No pintaba bien la cosa.

Cobertizo de Doncellas (Toledo)
Corriendo por la noche por las calles de Toledo – Cobertizo de Doncellas (Toledo)

Esa tarde salí corriendo de allí y me alojé en la casa de mi chica. La verdad, era joven y se me olvidó pronto lo sucedido. Tampoco jugamos al mus esa noche.

Pasaron algunos años más, mis padres murieron y mis hermanos se casaron y marcharon. Me hice propietario de la casa.

Los golpes se hicieron habituales, a veces me desaparecían pequeños objetos que aparecían en otro lugar (aunque creo que esto nos pasa a todos) y más hechos de ese estilo siguieron convenciéndome de que vivía en una casa en la que residía «alguien más».

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No olivaré la noche previa a la fiestas de agosto en la que invité a una pareja de amigos que vinieron desde Canarias. Los alojé en una de las habitaciones y en mitad de la noche llamaron a mi puerta diciendo que era imposible dormir allí. A través de la pequeña chimenea, apagada, que había en esa habitación escuchaban continuos susurros, incesantes, hasta que en un momento un grito desde el patio interior les sobresaltó de tal manera que tuvieron que bajar corriendo a despertarme. Al volver a la habitación, todo estaba en silencio. Se marcharon a un hotel cercano. Yo también.

Tras muchas experiencias similares, hace poco decidí invitar una noche previa al Corpus, a una persona que me había recomendado un buen amigo. Decía que era sensitivo, que podía hablar con personas que ya no estaban entre nosotros.

A estas alturas yo ya creía en cualquier cosa, había visto y escuchado demasiado…

Al entrar al patio, dijo que un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Allí había mucha gente además de nosotros, pero ya no estaban vivos, al menos como nosotros vivimos. No hizo falta mostrarle la habitación de la chimenea donde sucedían los golpes, las sombras… Llegó solo hasta ella y se plantó justo delante de la chimenea.

Allí, sólo dijo:

¿Quién eres? ¿Por qué haces esto?

Los dos pudimos escuchar un susurro, muy lejano, que decía:

Ya, nadie.

Y el silencio total.

Desde aquél día, todas las noches previas a las fiestas más señaladas de la ciudad, me doy un par de días de vacaciones.

Y cuando cuento esto alguno me pregunta ¿y cómo puede seguir viviendo en esa casa, por qué no la vende?

Porque allí sigue viviendo toda mi familia, los que están, y los que estuvieron.

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