Entierro de Santa Leocadia de Cecilio Pla, presentado a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887, Museo del Prado. Fuente: Wikipedia
Entierro de Santa Leocadia de Cecilio Pla, presentado a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887, Museo del Prado. Fuente: Wikipedia

De nuevo recuperamos otra leyenda «olvidada», en este caso publicada en 1887 por Francisco de Paula Capella en «Leyendas y Tradiciones», un libro repleto de leyendas de Barcelona que contiene una interesante versión de la legendaria Santa Leocadia toledana.

PARTE PRIMERA

Si no te es enojoso, caro lector, te invitamos nuevamente a trasladarte con nosotros a los primeros siglos de la Era cristiana.

Era una noche de invierno, y los rayos de la luna se reflejaban en las aguas del Tajo. La naturaleza estaba silenciosa, y sólo se veía un bulto negro atravesar el puente romano que de la ciudad que fue más tarde la imperial Toledo, se dirigía a la otra orilla. Era una mujer envuelta en un peplium, (1) de lana obscura, que le ocultaba el rostro y la envolvía toda entre sus pliegues. Su paso era precipitado, y dejando el puente se dirigió a una altura sobre la cual descollaba un templo de mármol dedicado a Diana. Los cazadores habían colgado en los pilares sus arcos y aljabas, y aparecían interpoladas a trechos cabezas de jabalí, de ciervo y de lobo en esqueleto. En medio del templo, y alumbrada por los rayos de la luna, velase una preciosa estatua de la reina de los cazadores.

Nuestra desconocida pasó delante del templo sin saludar, ni hacer la más breve plegaria, lo cual en aquellos tiempos era un verdadero sacrilegio; y bajando hacia la izquierda, desapareció metiéndose en el fondo de una gruta medio oculta entre malezas.

Primero anduvo entre tinieblas, hasta que la claridad lejana de una lámpara le sirvió de guía. Ade­lantóse lentamente, y sus oídos percibieron un cántico dulce acompañado de liras.

Eran voces tiernas de mujeres, a las cuales respondían después robustos acentos varoniles, repitiendo el mismo cántico.

Las voces se oyeron más distintamente, y apareció una claridad producida por algunas lámparas y blan­dones encendidos.

Al fin del corredor una especie de plazoleta redonda formaba el extremo de la gruta, flanqueada por otros corredores o galerías subterráneas, que eran las catacumbas de la antigua Toledo.

En medio de la plazoleta se elevaba un altar de piedra, sobre el cual había una cruz. Un anciano sacerdote celebraba el santo sacrificio, rodeado del pequeño rebaño de fieles, que con sus cánticos alababan al verdadero Dios.

Nuestra desconocida se mezcló entre las, mujeres, y de rodillas aguardó que se concluyera el sacrificio.

Al terminar, los fieles recibieron el Pan’ de vida y la preciosa sangre de Cristo (2). Después de la ceremonia el pueblo iba a retirarse, cuando, levantándose la desconocida, dijo con voz firme:

— Deteneos un momento, por Dios.

— iLa patricia Leocadia!—dijeron en voz baja algunos.

— ¿Qué queréis?—preguntó el sacerdote.

Santo prelado Eugenio —dijo ella con voz conmovida,— sabéis que acaba de llegar Daciano a nuestra ciudad. Nadie ignora los edictos que acaban de publicarse. Todos cuantos aquí estamos, somos (por nuestra calidad de cristianos) reos de muerte. Vengo a ofrecerme como víctima expiatoria, y como mis días son contados, os pido que me bendigáis antes de morir.

Dejó caer su peplium, y apareció a la luz de las lámparas la bella fisonomía y el tipo español más perfecto de una joven de apenas veinte años, cuyos ojos negros daban animación a un semblante tal vez demasiado pálido, rodeado de un verdadero velo de cabellos negros, que le caían por detrás hasta casi tocar al suelo.

—No hay duda, noble patricia —contestó Eugenio,

— que como persona muy señalada vas a ser de las primeras víctimas de Daciano. Dios derramará sobre ti sus dones, y si quiere hacer de ti una mártir, te dará el valor suficiente para arrostrar los más atroces tormentos y la muerte. De rodillas, hija mía, de rodillas.

La joven se postró a los pies del anciano, el cual la bendijo, dióle a besar su mano, y le dijo con acento dulce y triste a la vez:

—Vete en paz y Dios sea contigo.

Leocadia se cubrió de nuevo con el peplium, y se perdió entre las mujeres, en la obscuridad de los corredores de las catacumbas.

Poco después se la vio aparecer a la, boca de la gruta, y volver a emprender su camino. Al pasar frente al templo de Diana, salieron de entre las columnas dos hombres que la miraron alejarse hacia la ciudad.

Uno de ellos envuelto en un ropaje blanco y coronado de hojas de encina, era un sacerdote de Dia­na; el otro un joven cazador.

— ¿La ves? —dijo el primero.

—Es la noble patricia Leocadia —contestó el joven.

— De dónde vendrá a estas horas? ¿Tal vez de una cita amorosa?

— Es tan casta como Vesta —dijo el sacerdote,— y hermosa como Venus; pero insensible a todo amor. No hay hombre en: Toledo qué acierte a agradarla.

—¿Tendrá un amor oculto?—dijo el joven.

— Es cristiana — contestó el anciano,— lo sé de cier­to; la he visto entrar todas las noches en las cata­cumbas en donde se reúnen los de su secta. Si mañana sucede lo mismo, voy a delatarla.

— Te guardarás bien de ello —contestó el cazador.

No dijo el sacerdote,—la patricia es rica, y tú sabes que el delator tiene parte en los bienes confiscados al reo; y si yo la delato, algo me tocará (3).

Entonces se oyó un ruido de aleteo. Era, una bandada de ocas silvestres que atravesaba el río a vuelo. El cazador aprestó su arco, silbó la flecha, y una oca magnífica cayó silbando a sus pies.

— ¿Has visto, Demodoco? —dijo volviéndose al an­ciano; —el que mata a una oca al vuelo, mejor lo hará con un sacerdote de Diana. Delata la patricia, y te mataré como un perro.

El joven cargó con su caza y se alejó.

PARTE SEGUNDA

Dos días después una joven comparecía ante el tribunal del presidente Daciano. Era la noble patricia Leocadia (4). Iba vestida con una larga túnica de lana blanca, pero sin seguir la moda romana, según la cual las mujeres dejaban desnudos sus brazos y cuello. Su túnica se cerraba al cuello y sus mangas ocultaban sus brazos.

Parecía uno de aquellos ángeles góticos de larga veste que se ven en los sepulcros de Ta Edad media. —¿Cómo te llamas?—preguntó Daciano.

—Leocadia.

—¿Y tus padres?

—No los tengo; soy huérfana y vivo sola con mis domésticos. Si el cebo de la riqueza ha hecho que me mandases prender, nada poseo ya, pules desde ayer ya no existen pobres en Toledo. Todo se lo he dado, y si quieres conocer mi religión, sabe que soy cristiana y que no me espanta morir.

Daciano la miró, y su alma cruel pareció compadecerse de aquella joven, bella, pero pálida como la flor a quien no alumbra el sol.

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El que en Barcino se cebó en una inocente niña que no llegaba al tercer lustro, Eulalia, haciéndola pasar por tormentos nunca oídos, tuvo compasión de Leocadia.

—Eres una joven inexperta—dijo, y lo pensarás mejor. Llevadla a la cárcel, y más adelante dispon­dremos.

Leocadia fué llevada por los lictores.

Un sacerdote de Diana se acercó a Daciano, diciéndole:

—Presidente, si usas de clemencia con la patricia. Leocadia, voy a escribir a Roma.

—Eres un mal hombre, Demodoco -le contestó Da­ciano, —y si vuelves a hablarme de esta manera, podrás añadir, cuando escribas a Roma, que, por falta de respeto al Presidente de Toledo, te han azotado con varas de plomo. Ya sé que la codicia te ha hecho poner en mis manos a Leocadia, a quien has acusado; pero antes voy a probar si puedo reducirla. Mi hijo Atilio Decio puede ser para ella un excelente esposo, y tú te quedarás sin los bienes que deseas, mala víbora.

Demodoco se retiró cabizbajo.

Al salir del palacio. del Presidente, acercósele un joven de cabellos crespos, y mostrándole una saeta le dijo:

—Esta es la compañera de la que mató la oca al vuelo: la guardo para ti el día que muera Leocadia.

Volvióse pálido Demodoco, y el joven desapareció entre la multitud que había presenciado el interrogatorio.

Leocadia había sido llevada a la cárcel; pero no a uno de esos horribles calabozos qué tenían los roma­nos, sino a un aposento claro y ventilado: la habitación de Publia, esposa del conserje, a cuya vigilancia fue encomendada.

Publia era gentil, pero tenía buen corazón y se esforzaba en vano en persuadir a Leocadia que abandonara la fe cristiana. La joven se sonreía al oír sus razones y le contestaba mostrándole la palidez de su rostro:

—¿Vale la pena de perder un alma inmortal para sostener un cuerpo enfermizo?

—Pero, amiga mía -insistía  Publia, ¿podrás sufrir los horribles tormentos que te aguardan? Yo presencié en Emérita Augusta, estando allí con mi marido, los tormentos de una niña que apenas había cumplido el segundo lustro, Eulalia; y Colfurniano el pretor quiso atemorizar con su ejemplo a la ciudad. Aquello causaba horror: azotes, peines de hierro, tenazas candentes; y por fin, colgada en el caballete o cruz de aspa, se divirtieron en quemar todo su cuerpo con teas resinosas hasta que expiró. Aún me parece oír el chirrido de la llama al tocar el cuerpo de la pobre niña.

—Qué horror! —exclamó Leocadia.

—Es que Colfurniano es una fiera contestó Pu­blia;—pero Daciano no lo es menos, y te compadezco, ¡pobre joven! pues siendo la más noble de Toledo hará de ti la víctima de todos sus rigores. Guárdente los dioses dé él.

Un lictor apareció y acercándose a la joven le dijo: —El Presidente te llama.

Leocadia siguió.

Daciano estaba solo en su aposento, que ostentaba todo el lujo con que los romanos adornaban sus moradas, en las cuales abundaban ,más los adornos que las comodidades. El Presidente apoyaba sus pies sobre alfombras de pieles de tigre y león, y junto al taburete de marfil donde estaba sentado ardían en pebeteros de plata olorosos perfumes. Al presentarse Leo­cadia, después de haber despedido al lictor, la cogió de la mano y la hizo sentar junto a sí.

— Sé que eres sabia como Minerva—le dijo con dulzura,—y bella como Eufrosina. Merecerías un trono, pero si no puedo ofrecértelo, tengo un hijo hermoso como Apolo y que aspira a la felicidad de ser tu esposo, pues te conoce por haberte visto pasar de noche junto al altar de Diana, cuando ibas en mal hora a practicar las supersticiones de los nazarenos. Deja estas necias quimeras y prepárate a ser una de las primeras damas del Imperio romano.

—Te agradezco, Daciano -dijo Leocadia,- la oferta, que me haces de ser esposa de tu hijo. Conozco a Ati­lio Decio; y si a una virgen cristiana le fuera permitido poner los ajos en un gentil, no hubiera, escogido otro esposo. Pero el mío es tan bello —añadió levantándose y juntando las manos con fervor,— es tan puro, que nadie, Daciano, existe en el mundo comparable a Él.

Calló la joven como arrobada, sus pálidas mejillas se habían teñido de bellos colores, sus ojos brillaban con el amor más puro. Parecía una visión celeste.

Daciano la miró, y a pesar de su contrariedad probó de convencerla, pero todo fue en vano. Entonces se levantó y dijo:

—Sígueme.

Leocadia le siguió. Después de atravesar largos y obscuros corredores llegaron a una escalera tortuosa; bajaron, y un hombre con los brazos desnudos les alumbró con una hacha encendida. Era uno de los sa­yones de Daciano, y su aspecto infundía pavor.

Al fin de la escalera hallaron una puerta de hierro, la cual abrió otro sayón de aspecto más repugnante si cabe. Leocadia estaba medio muerta de terror.

Entraron en un aposento abovedado sin abertura alguna, semejante a un tumba. Era vasto, pero bajo de techo. Colgaba de su bóveda una lámpara de hierro, y su mueblaje daba horror. Era el cuarto del tormento. Allí se veían braseros, tenazas, caballetes, ruedas dentadas, sierras, azotes, garfios, cuchillos, grandes espadas, parrillas, ecúleos, en fin, todo lo que la barbarie humana puede inventar de más horrible. Leocadia tuvo que apoyarse en los húmedos muros de aquella horrorosa prisión, pues su cabeza se perdía.

—¿Ves?—dijo Daciano,— en este aposento se atormenta a los que se quiere castigar de un modo especial; y a fin de no horrorizar al pueblo se ejecuta privadamente hasta morir. Si mañana a estas horas persistes en ser cristiana, todos estos instrumentos que aquí ves pasarán por tu cuerpo y morirás entre suplicios nunca oídos.

– Dijo y salió seguido de los sayones, dejando a la joven , encerrada en aquella horrible cárcel sin más luz que la lámpara de hierro que pendía del techo y las siniestras llamas que se escapaban del brasero del tormento.

La virgen cayó de rodillas y exclamó:

-¡Dios mío, amparadme!

Entonces vino a su mente lo que Publia le había dicho acerca del tormento de Eulalia en Emerita Augusta, y en breve se sintió desfallecer; pero de súbito levantó su, hermosa cabeza y dijo como reprochándose a sí misma:

—¿Y qué, no podré yo acaso lo que pudieron dos niñas como Eulalia en Barcina y la otra Eulalia en Emérita Augusta? ¿No podré sufrir los tormentos de las nueve mellizas hijas de Castelio? ¿me horrorizará la cruz de Librada, las parrillas de Gemma, las fieras de Marciana, los tormentos de Genivera, de Victoria, de Germana, Basilia, Quiteria y Eumelia? ¿Seré yo acaso el baldón de Toledo? ¡Ah, no, Dios mío! dentro de este cuerpo frágil y enfermizo hay un alma fuerte y noble, imagen vuestra; yo sufriré los tormentos, yo venceré con la fortaleza que Vos me comunicaréis. Si —añadió sacando de su pecho una cajita de oro,— aquí tengo el Pan que da la fortaleza; aquí está Dios.

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Y cayendo de rodillas exclamó:

—El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida, eterna.

Y comulgó devotamente, quedando en una especie de éxtasis.

Entonces le pareció que la vida la abandonaba. Un sudor frío precursor de la muerte bañó su rostro y recorrió todo su cuerpo, sus ojos perdieron la luz y su corazón apenas latía. —iDios mío —exclamó, no me desamparéis! Apoyóse en el muro; sus manos casi sin tacto buscaron el espacio, y su diestra halló las húmedas paredes de la cárcel. Extendió su dedo pulgar, y trazó una cruz en la piedra, la cual se ablandó como si fuera barro.

En aquel instante se apagó como por encanto la lámpara y el fuego del hornillo del tormento, y reinaron espesas tinieblas; pero la cruz que la virgen acababa de trazar en la pared brillaba como si fuera una luz producida por los reflejos del diamante. Entonces se percibieron los preludios de arpas celestiales, y el lejano coro de ángeles entonó el cántico: «Jesús es la corona de las vírgenes y la fortaleza de los mártires». Una claridad maravillosa alumbró la mazmorra. Todo desapareció. Los instrumentos de tortura, la hediondez de la cárcel, nada existía; percibíanse los lejanos cánticos y los más exquisitos perfumes. Una claridad semejante al color del ópalo sucedía a las tinieblas, cual nube que reflejaba los rayos de un sol naciente; pero todo esto era vaporoso, y parecía cubierto de un transparente velo de oro; luego, el velo se fue retirando poco a poco, y aparecieron dos niñas sobre una nube. Su vestido parecía de gasas de rosa y blanco, pero cubría por completo su cuerpo. Era el traje con que el Cordero sin mancha viste a sus esposas. Las dos niñas eran tan parecidas que no se distinguía la una de la, otra. Apoyá­banse cada cual en una cruz de aspa, y en sus manos traían das verdes palmas.

—iEulalia!—exclamó la patricia.

Las dos niñas se sonrieron: la una era rabia con ojos azules; la otra morena con ojos negros. La primera era Eulalia de Barcino; la otra Eulalia Emeri­tense. Vinieron luego una tras otra nueve bellísimas jóvenes, enteramente iguales. —Las hijas de Castelio—dijo Leocadia;—venís por mi alma, celestiales visiones; a todas os conozco. Tú, Librada, llevas La cruz semejante a la en que murió nuestro Redentor. Aún veo en tus pies y manos los agujeros de los clavos con los cuales te fijaron en. ella. Tus llagas manan sangre. Tú, Marina o Gemma, como otros te llaman, tus parrillas candentes te asemejan al mártir Lorenzo, honra de nuestra España. Ambos tuvisteis el mismo lecho de muerte.. Tú, Marciana, a quien un toro furioso abrió el pecho y que santificaste con tu martirio mi patria; y vosotras, Genivera, Quiteria, Basilia, Victoria, Eumelia y Germana, que inmortalizasteis los pueblos de la Iberia por el valor con que supisteis morir por defender la fe cristiana. A todas os conozco sin haberos visto nunca, y me sonreís y me miráis; me señaláis allí al fondo de esta cárcel; vuestros ojos se dirigen a un punto, pera yo no veo más que una nube de oro, y digo otro cántico, ¡qué cántico tan dulce! ¡Oh! Dejádmelo repetir:

iAve, Maria, gratia plena!

Entonces pareció más transparente la nube; perci­bióse en el fondo de ella una figura, confusa de pronto, pero que fue tomando cuerpo; las vírgenes se arrodillaron, y apareció la obra más perfecta de Dios. Era una mujer vestida de blanco, resplandeciente como la plata bruñida, cubierta la cabeza de un velo blanco que casi la envolvía toda. Su belleza no es posible concebirla. Era el tipo hebreo más perfecto, y su mirada azul celeste. Nadie ha, visto nunca tantas perfecciones juntas. Era una virgen y una matrona a la vez. Era lo que no ha existido antes ni existirá después. Era la única en su clase… Nuestro consuelo, nuestro refugio, nuestra única esperanza acá en la tierra… La Madre de Dios.

—iMadre mía!—exclamó Leocadia.

La Virgen Madre sonrió con bondad, y le mostró el fondo, que se iba esclareciendo más y más a cada momento. Torrentes de luz parecían iluminar el calabozo: era una luz blanca como la de la luna en su lleno, pero brillante como la del sol. Oyéronse las arpas celestiales de miles de espíritus angélicos; vióseles poblar el infinito, y voces nunca pidas repitieron el cántico de Santo, Santo, Santo.

Entonces aparecieron un sin fin de bienaventurados. de todos sexos y edades con palmas verdes o azucenas en las manos; pero María descollaba en medio de todos.

Descorrióse el velo que ocultaba al Ser Eterno. Todo el cielo cayó de rodillas y apareció un triángulo de luz. En el fondo se veían tres Personas que se convertían de pronto en una, sola, para volver luego a dividirse en tres. ¿Cómo sucedía esto? ¿Cómo podían ser tres y una, a la vez? Leocadia no se daba razón de ello; pero si bien sus ojos no se apartaban del misterioso Triángulo, nunca acertaba su vista a distinguir perfectamente si era una o trina la belleza infinita que se descubría en el fondo.

María se acercó al trono de Dios, y volvió con una palma y una corona de rosas y azucenas; bajóse hacia Leocadia que estaba de rodillas; puso la corona sobre su cabeza, y la palma en sus manos juntas.

Entonces la joven se sintió desfallecer. Sus ojos perdieron la lux, y sus oídos, al través de las arpas celestes, percibieron una voz dulce y potente que con acento nunca oído le dijo:

—Ven, esposa de_ Cristo, ven a recibir el premio de tu victoria..

Todo quedó en tinieblas. Sólo brillaba la cruz misteriosa que la patricia trazara. Sus ojos volvieron a abrirse por un instante, besó la cruz resplandeciente y cayó desplomada sobre las húmedas baldosas. La cruz cesó de brillar, y por encanto la lámpara de hierro y el fuego del brasero volvieron a encenderse. Todo había desaparecido ya. Sólo quedaba la joven patricia tendida sobre las piedras, fría y sin movimiento alguno.

PARTE TERCERA

Continuará. Visita pronto esta página para seguir la leyenda.

Notas:

  • (1) «Peplium». manto obscuro con que las mujeres romanas se cubrían desde la cabeza a. los pies.
  • (2) En los primeros siglos del Cristianismo los fieles comulgaban con las dos especies de pan y vino.
  • (3) Los bienes de los cristianos eran confiscados a favor del Imperio romano, pero el delator tenía su parte.
  • (4) Patricia. título de nobleza entre los romanos: cuando quedaban huérfanas, sólo el Emperador disponía de su mano.

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