Julio Contreras nos remite un magníficamente escrito artículo que podríamos considerarlo entre la leyenda y la historia de uno de nuestros más universales pintores, muy relacionado con la ciudad de Toledo: El Greco. Magistralmente realiza una comparación entre la rica mitología Griega y la ciudad que albergó la maestría del pintor cretense.

El Greco llegó a España en mal momento, Trento ya había decretado el fin de la moda renacentista, y la pasión hispana por los mitos y leyendas de la dorada antigüedad se refugió en metáforas de artistas que, como el mismo Greco, interpretaron a su propio gusto aquellos dogmas del Concilio, como el llamado del “pecado original”, según el cual, fuera del Paraíso, los nacidos de Eva venían siendo concebidos en pecado y llevaban tal mácula, hasta que con las aguas bautismales se les restituía a la anterior pureza de cuando ella y Adán vivían juntos sin pecar. En tal resaca de contrarreformas tridentinas se modelaron dos figuras toledanas, hoy custodiadas en el Museo del Prado madrileño, que estuvieron ocultas hasta que la Inquisición quedó abolida y volvieron a sacarse a la luz. Este par de figuras, mitológicas y en nada contrarreformistas, las hizo el Greco y representan a Epimeteo y a Pandora.

Toledo acoge a un Greco fracasado, en 1577, decepcionado de la nueva corte madrileña, que sólo ve en el sumo artista a un extranjero altivo y contestón. Este pintor que ¡horror! se atrevería a situar mujeres (las tres Marías) justo en el cuadro donde representa a los romanos desnudando a Cristo (“El Espolio”), tuvo también la osada irreverencia de imaginar a la pareja primigenia en dos figuras muy contrarias al gusto hipocritón emanado de Trento, es decir, bien con hojas de parra o con sus manos cubriéndose los bajos. Es el tiempo en que torpemente cubren los desnudos del genial Miguel Ángel en la Sixtina; y hasta retiran de pesebres navideños al Niño Dios que en su inocencia muestra que es… un niño, sin ningún genero de duda. Pero hay bastante más y es que para el artista, y así los representa a propio intento, nuestros primeros padres no son los que dice la Biblia, sino los griegos del culto pagano y mitológico. Hesíodo cuenta que al principio nació el Caos, después fueron naciendo Gea, Urano… y demás inmortales, incluido Eros “el que destila su dulce deseo que hace abatir todo consejo razonable”. De Urano y Gea, motivados por el deseo erótico nacieron hijos como Océano, Japeto y Cronos, y también hijas como Rea y Tetis. De Rea y Cronos fueron naciendo Hera, Zeus y demás inmortales del Olimpo que inspirados por Eros iban reproduciéndose entre sí; y de Tetis y Océano nacieron oceánidas de entre las cuales Asia se uniría a Japeto y vinieron al mundo Prometeo y Epimeteo. Cuentan que el más adicto a los gozos de Eros fue el propio Zeus, que comenzando por Hera y siguiendo por las demás divinidades femeninas del Olimpo fue el padre más prolífico de entonces, hasta el punto de suscitar los continuos celos de Hera que, despechada, dio a luz a Hefestos sin darle a Zeus esta paternidad. Hubo más criaturas inmortales, dioses y diosas no tan relevantes para llegar a Epimeteo y a Pandora, pero no las referiremos de momento.

Pandora y Epimeteo Ahora conviene recordar que Prometeo, con el barro y el fuego (este robado a Hefestos del Olimpo) iba formando seres masculinos a semejanza de los dioses inmortales, sólo que se llamaron hombres y podían morir; pero no supo o no quiso hacer otras criaturas a semejanza de las diosas, sino que sólo modeló también los animales. Los dioses, al mirar tales engendros de barro y fuego decidieron usarlos para entretenerse y alimentarse; dotándolos de instinto de conservación sólo por no tener que preocuparse de sus vidas. Muy deportivamente Zeus dotó a los hombres de características atléticas para que hicieran en su honor juegos olímpicos, cultivasen las tierras de su hermana Démeter y le atrajesen tanto o más que algunas diosas, de cuando en cuando; y a los insulsos animales les dotó de pingües muslos y carnes apetitosas, velocidad para escapar y algunas armas defensivas para que fuese mayor la diversión de darles caza cuando la estirpe olímpica decidía ampliar su dieta alimenticia, en principio sólo vegetariana a base de productos naturales y un preparado llamado ambrosía que concedía la inmortalidad.

Cuando las fieras atacaron a los hombres, Prometeo advirtió que acaso sus criaturas preferidas se hallaban en inferioridad de condiciones respecto de los animales y, como acostumbraba a hacer, sin encomendarse ni Zeus ni a Plutón, le robó a la sabihonda de Atenea un poco de su inteligencia para dársela a los hombres, que así pudieron discurrir cómo librarse de ser devorados, e incluso la manera de fabricar armas para salir a cazar como los dioses. Dicho está que en tal tiempo aún no existía entre los hombres ninguna mujer, y ellos de tanto practicar las artes de la caza se fueron convirtiendo en belicosos e insensibles ante el derramamiento de sangre, e incluso se mataban entre sí con gran disgusto del sentido Prometeo que ya temía verlos desaparecer. En vano Eros inflamaba en ellos su deseo porque entre sí no se reproducían, ni tan poco al unirse con las hembras de algunos animales poco fieros; con lo cual, salvo aquellos en los que Zeus se fijaba, que terminaron transformados en estrellas del firmamento, todos tenían sentenciada su extinción.

El resentido Hefestos, mientras tanto, convenció a Zeus para que castigase al insolente Prometeo que les había robado el fuego y la sabiduría, y presentó su plan perverso y engañoso. Modelada lo mismo que los hombres, pero tomando de modelo a su esposa, Afrodita, el artesano del Olimpo presentó a los inmortales una mujer, una nueva criatura destinada a atormentar a Prometeo y a sus muñecos sabios de fuego y de barro, y para hacerla parecer inofensiva por completo la modeló con tierna suavidad, a imagen y semejanza de la piel de las diosas, pero pidió que Zeus ordenara a la asamblea de inmortales que la dotasen de sus dones particulares, desde la sabiduría de Atenea a la castidad de Artemisa, pero también con los muchos defectos que caracterizaban a algunas deidades, y así la nueva criatura llevaría en su interior muchas contradicciones que impedirían su felicidad y la del compañero de su vida, el cual, dicho está, él pretendió que fuera Prometeo si el Destino admitía que así fuese. Pero otra cosa decidió el Destino, fuerza anterior y superior a todo lo existente, ante la cual el mismo Zeus se allanaba pudiendo solamente retrasar, que no impedir, el cumplimiento de sus dictados caprichosos. Inexorablemente estaba decidido por el supremo azar que Prometeo no aceptase a la singular Pandora, porque era cauto y recelaba de los dioses (finalmente, Zeus lo encadenaría en el más alto Cáucaso, para atormentarle cruel e incesantemente). Aunque no se podía llegar a imaginar engaño en alguien tan bella como le pareció aquella mujer llena de dones (Pandora significa todos los dones), Prometeo no acababa de dejarse seducir, por mucho que Eros inflamase su pasión, pero acertó a pasar cerca de aquel divino aliento Epimeteo y al verla no se lo pensó y traspasó el umbral que la donara el púdico Himeneo para garantizar que, del Olimpo al menos, había escapado virginal habiendo tanto lujurioso entre los dioses. Ingenua portadora de las más opuestas cualidades Pandora es la primera madre de la humanidad, a partir de la cual todos nacemos con los vicios y virtudes que nos caracterizan todavía.

El Greco representa a la primera Eva, la mitológica Pandora, en un desnudo que durante siglos, ningún artista volvería a repetir, y en el que el sexo femenino no queda velado sino que es puesto en evidencia pues ya acaba de perder sus virginales dones, como señala la figura de su Adán con la mano en la urna, pero ella aunque confusa no está desolada porque se siente ya en estado de buena esperanza, y es que, al decir de las consejas populares, “la esperanza es lo último que se pierde”. Y esa misma dulce esperanza es la que habrá de permitir al Greco seguir su vida en un Toledo de cánones hostiles y de feroces represores a imagen del supremo inquisidor que bien repudia lo libre y carnal, aunque con calculada hipocresía. Con su esperanza y sus mejores artes se queda el Greco en la inmortal Toledo, y también con sus mal disimuladas preferencias por el humano paganismo que le tratan de vetar (veintisiete obras griegas de los clásicos dejó en su biblioteca frente a tan sólo diecisiete de autores españoles de su tiempo), que le llevan a expresar de otra manera, con su pareja de desnudos sin pecado, el mismo dogma que el Papa de Roma y los sesudos padres conciliares habían querido declarar solemnemente en Trento. Eva-Pandora concibió el linaje humano, al cual pertenecemos todavía, pero desde ese instante inmemorial la esperanza es el don que alienta al mundo, junto con el amor, y nos mantiene en él pese a la maldición del dios del águila y el rayo. Esa figura femenina escandalosamente humana que hizo el Greco, nos hace un guiño cómplice y vincula a la ciudad más legendaria que es Toledo con las leyendas de la antigua Grecia. No será el único este mito de Pandora de los que si indagamos aún podremos encontrar en la ciudad de las leyendas, la mítica mansión que abraza el Tajo, como amoroso cómplice de siglos preservando su Historia fabulosa.

Texto: Julio Contreras.

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