Varios de los notables hijos de Toledo habían pasado la tarde de un día del año 1520 bajo los góticos y espaciosos claustros de la Santa Catedral, como tenían de costumbre, conversando acerca de cómo pondrían coto a los desatinados planes del joven Emperador Carlos I que intentaba, poniéndolos en práctica, posponer los consejos de los castellanos, apreciables sin disputa.

Los claustros debían cerrar, pues la noche llegaba, y ninguna solución encontraban sobre tan trascendental asunto, sobre la proclamación de los derechos del pueblo.

Se disponía de todo: hombres, armas, valor, voluntad… Pero poco podrían hacer frente a las baterías del hijo de Juana “la Loca”: necesitaban cañones.

Reunidos de nuevo en la plaza del Concejo, cuando la noche ya llegaba, uno de ellos alzó su voz sobre el resto: ¡pronto habrá cañones con que combatir, seguidme!

San Lucas

Foto: to311235 en Flickr.com

Y el grupo, intrigado, fue tras él, hasta llegar a la plaza de San Lucas. Llegaron también algunos criados, avisados por su jefe, portando cuerdas, garfios y otros utensilios, y el que prometió hallar pronto cañones dijo: La empresa es justa; valor y que Cristo nos ayude. Descolguemos una campana, que de ella saldrán los cañones que necesitamos.

No teniendo  bastante con una, fueron los comuneros a la parroquia de Santo Tomé. En esta ocasión la campana tocó suelo demasiado fuerte, quedando algo soterrada en la calle que desde entonces es conocida como «de la Campana».

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Santo Tomé, Toledo
Santo Tomé, Toledo


Alguno de los vecinos que observaban tal trasiego y ruido nocturno, y tomando conocimiento de lo que sucedía engrosó las filas de los de Padilla, Bravo y Maldonado, y entre ellos transformaron en armas de guerra aquellas dos campanas.

También María de Pacheco, luego viuda de Padilla, tomó de la Catedral ciertas piezas que ayudaron a costear los gastos del enfrentamiento con el Emperador, con el beneplácito del clero: una custodia de plata que pesó 328 marcos, tres lámparas, candelabros y otros objetos.

Con el tiempo, los comuneros fueron derrotados y sus líderes principales ajusticiados en Villalar, en abril de 1512. Los cañones de los sublevados pasaron a formar parte de la artillería de Carlos I, y las torres que quedaron huérfanas de campanas, nunca fueron repuestas, quedando su mudo hueco como testimonio de tan singular ejemplo.

Versión original: Moraleda y Esteban, Juan (1888) Tradiciones y recuerdos de Toledo. Ed. Menor Hermanos. Toledo.

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