Alfonso V de León deseaba casar a su hermana con el Rey musulmán de la ciudad del Tajo. Grandes festejos y una importante razón de estado impulsaban esta boda, una de las más recordadas en la ciudad de Tulaytulah.

Recuperamos esta bonita leyenda de Toledo…

PARTE PRIMERA

Vestidos los caballeros árabes de Toledo con sus mejores galas, y sus mujeres con las mejores joyas, el 29 de marzo de 1008 celebraban una gran fiesta. Era normal, pues su joven rey, Abdallah-ben-Abdellazzis, contraía matrimonio. Por fin su enlace iba a realizarse, habiendo sido proyectado hace ya algún tiempo, y los toledanos, que lo veían alegre, deseaban que tal buena nueva llegase pronto.

Además de suponer una buena ocasión para los festejos, también este enlace incluía importantes razones de estado para su realización, pues traía como dote la amistad del rey de León, y con ella el pago de antiguos servicios hechos por los musulmanes de Toledo a los cristianos leoneses.

Sin embargo, los pocos cristianos que habitaban en “Tolaitola”, gracias a la benevolencia de sus gobernantes, sentían la mayor de las tristezas, pues este enlace suponía algo que iba en contra de toda naturaleza y resquebrajaba la tradición más arraigada entre los monarcas castellanos.

Mientras el pueblo musulmán corría hacia la puerta vieja de Bisagra para esperar al gran cortejo que acompañaba a la joven desposada, los sacerdotes cristianos, en las pocas iglesias que habían permanecido fieles al culto cristiano en Toledo, rezaban a su Dios pidiendo por el terrible sacrilegio que se iba a realizar.

La joven princesa prometida a Abdallah no era infiel como él y su pueblo no adoraba a Allah como autor de todo lo creado y a Mahoma como su profeta. Pero Don [[Alfonso V de León]] tenía en poca estima las arraigadas creencias cristianas de Doña Teresa, que así se llamaba, y deseaba sacar el máximo provecho de la hermosura de su hermana. Para él esta unión no era un sacrilegio, sino que suponía una oportunidad de sellar una alianza con los musulmanes que facilitaría su dominio en las luchas intestinas que mermaban sus territorios cristianos. Era el precio a pagar para comprar el auxilio de Abdallah.

Fue el propio rey musulmán el que fijó el precio por esta alianza, en un viaje que realizó por tierras castellanas, y Alfonso se lo había concedido.

Al tener conocimiento del pacto para el enlace, Doña Teresa había dado a conocer su oposición y gran pesar, pero de poco sirvió su opinión, pues las razones de estado y la voluntad de su hermano se anteponían a su propia vida.

Así, algunos días antes de la fatídica fecha, había partido de León portando numerosos presentes para el Rey de Toledo y una gran comitiva que lentamente se acercaba a la ciudad.

Aquella mañana Abdallah había abandonado las murallas de su ciudad para salir al encuentro de su prometida, cerca de Olías, a dos leguas de Toledo.

PARTE SEGUNDA

Caía la tarde sobre Toledo.

Era la tarde prevista para las bodas de Abdallah con la infanta Teresa, y toda la corte musulmana, con los invitados venidos acompañando como cortejo a la infanta cristiana admiraban extasiados la increíble puesta de sol desde el valle de Avalen, hoy del Ángel, situado cerca de la Solanilla, en la orilla izquierda del Tajo. Éste era el lugar elegido para festejar un suntuoso banquete por la consecución del deseo más ardiente del monarca musulmán.

Muchas horas duraba ya el banquete y no había señales de que fuera a terminar. El ánimo de los leoneses caminaba de sorpresa en sorpresa. Hombres sencillos, que pasaban su vida guerreando de un lugar a otro de la geografía castellana, con lanza en mano y sobre caballo, ajenos a la vida de refinamiento y lujo de la corte toledana, consideraban el banquete con que Abdallah los festejaba como una serie continuada de maravillas. La profusión de manjares delicadísimos, la riqueza de las vajillas, el lujo que rebosaba en todas partes, los iba deslumbrando, incluso en ciertos momentos se creían en poder de los gnomos, esos misteriosos seres de las leyendas populares que algunos dicen habitan las orillas del Tajo, y que invitan a los hombres elegidos para admirar las increíbles maravillas que ocultan en sus cuevas.

Cada nuevo manjar era servido en una vajilla diferente, más rica siempre: de plata las primeras y de oro según pasaban las horas. No había dos que se pareciesen en los ricos adornos y en la forma, y según eran retiradas de la mesa por los servidores de palacio, eran arrojadas una tras otra a las tranquilas aguas del Tajo como cosa despreciable, y el río devoraba aquella lluvia tan copiosa de riqueza, perdiéndose en su oscuro fondo.

Mientras brindaban todos por la suerte de los novios, músicos ocultos en los álamos del río tañían toda clase de instrumentos, y hermosas mujeres danzaban alrededor de los allí presentes.

Y viendo que la fiesta terminaba, el rey se levantó, y dirigiéndose a un pabellón preparado, habló a todos los presentes: “os ofreceré un espectáculo digno de vuestra infanta y de vosotros: la pesca del oro”.

A una señal del monarca, varias barcas iluminadas y ricamente adornadas hendieron las aguas del tajo, y al compás de la música sacaron del fondo del río una ancha red que previamente habían colocado para que no se perdiesen las costosas vajillas que arrojaban sus servidores apenas eran retiradas de la mesa. Grandes vítores se alzaron entre los allí presentes y para corresponder a ellos cortésmente, el mismo rey ordenó que fuesen repartidas estas piezas entre sus invitados.

Viendo finalizada la fiesta, la infanta deseó despedirse de los caballeros y Obispos que la habían acompañado, y en lágrimas les pidió:

– Aconsejadme, padres míos; decidme qué debo hacer para romper este odioso yugo que es un sacrílego reto a Dios. ¿Habré yo de verme unida a un enemigo de mi religión para ser suya por toda la eternidad?

– Calmaos, hija. Le respondió uno de los más ancianos. Pues Dios en su sabiduría sabrá leer en vuestro corazón y tranquilizará vuestra conciencia. ¿Qué culpa tenéis vos de los desvaríos de vuestro hermano?

La infanta, temerosa ante su destino, pidió a los caballeros que reunieran los caballos y huyeran todos a toda prisa del lugar.

– La fuga es imposible. Estamos rodeados y vigilados sin cesar. Podríamos entablar una guerra que no conviene a nuestro señor…

El más anciano repitió de nuevo:

– ¿Quién sabe, hija mía, si la Providencia os reserva un alto papel en el mundo? Vos, por vuestro amor, obtenéis para los cristianos de este reino algunas concesiones que harán menos dura su vida. ¡Quien sabe! Quizás con vuestra fe podáis enseñar a vuestro esposo la senda verdadera e iniciarle en el cristianismo.

La infanta, viéndose ya sin salida alguna pidió la bendición y murmuró una oración.

A los pocos momentos, en ricas barcas engalanadas y al compás de la música, volvió a Toledo la regia comitiva y entró en la ciudad entre las aclamaciones de la multitud, que la acompañó hasta el palacio de Abdallah, situado en las casas donde siglos más tarde se construyó el Colegio de Santa Catalina.
Al llegar allí, Doña Teresa se despidió afectuosamente de los caballeros leoneses que fueron aposentados en el mismo Alcázar, se disolvió la multitud y cesaron las músicas y los cantos, y los dos esposos se retiraron a sus aposentos.

PARTE TERCERA

Ya tarde, los nuevos esposos se recogieron a sus aposentos. Una vez cerrada la recia puerta del aposento, la infanta se arrodilló a los pies de Abdallah, y abrazando sus rodillas le dijo con la voz llorosa:

– Señor, el mandato de mi hermano, Rey de León, me arroja en vuestros brazos. Unidos ante los hombres nunca lo estaremos ante Dios. ¡Romped esta infamia! ¡Dejádme que vuelva a mi tierra!

El Rey de Toledo intenta en vano agasajar a la infanta con dulces palabras y promesas de vida inigualable en su reino, pero no lo consigue.

– Sólo hay una forma de que yo os ame, dijo la infanta.

Abdallah, viendo una luz tras estas palabras, abrió inmensamente los ojos, diciendo

– Decidme cuál es, y os juro vencer todos los obstáculos, por grandes que sean, que se opongan a éste fin. La vida de mis soldados, el oro de mis pueblos, todo es mío, y todo lo sacrifico por conquistar una sola mirada de esos ojos, una sola sonrisa de esos labios.

– Pues bien, respondió la princesa, sea una nuestra religión. Hacéos cristiano.

Retrocedió varios pasos Abdallah al oír tan inesperada proposición, pero reponiéndose de inmediato exclamó con voz grave:

– Lo que solicitáis es un imposible, y si fuera capaz de abrigar tal pensamiento, me hundiría este acero en el pecho para castigarme por mi cobardía.

Tras varios intentos en vano de doblegar la recia oposición de la joven, Abdallah se impacientaba, y visiblemente enojado, dio un paso más hacia delante, intentando agarrar fuertemente a la princesa, que no en vano, se resistía y gritó:

– ¡Dios de mis padres, protégeme!

En aquél momento se apagó la candela que iluminaba tenuemente la estancia y se oyó en el palacio un ruido espantoso, a la vez que todos los muros temblaban como agitados por una mano invisible.

La guardia de palacio rauda acudió a las habitaciones privadas del Rey, al que podían oír profiriendo unos gritos terribles. Cuando allí llegaron, la estancia estaba iluminada por un resplandor que los hizo retroceder y cubrirse los ojos.

En una esquina, la infanta arrodillada parecía que rezaba siguiendo con la vista la luz que procedía del techo. En el otro lado de la estancia, Abdallah, con los ojos a punto de salirse de las órbitas, tendido en el suelo, señalaba con el dedo un punto del espacio y ya sólo murmuraba con profundo terror:

– Allí, allí… Por allí han salido… ¡Siento aún el ruido de sus alas!

Al día siguiente, partía la comitiva cristiana hacia sus tierras. Con asombro de todo el pueblo, Doña Teresa marchaba con ellos.

En una carta manuscrita por el propio Abdallah para el Rey de León, afirmaba que comprendía, aunque tarde, que su unión con una princesa cristiana era imposible, y por lo tanto la devolvía a su hermano, reiterando su amistad y ofreciéndole su alianza.

El Rey acompañó a los cristianos hasta Olías. Esperó hasta que la comitiva se perdió en el horizonte, camino del norte. Tras esto, corrió a ocultarse en su alcázar de Toledo.

Dicen las crónicas que una semana después había muerto, debido a una enfermedad desconocida, que los más sabios médicos árabes y judíos no supieron definir.

Cuando llegó Doña Teresa a Oviedo, profesó en un convento, y murió en él siendo abadesa años más tarde, según consta en la inscripción de su sepultura, que aún se conserva:

“Este sepulcro cubre el sagrado cuerpo de Teresa, hija del rey Bermuda y la reina Elvira, nacida de claro linaje, y más ilustre por su santa vida, que tuvo conforme a su Regla. Imítala, si deseas ser bueno. Murió a los siete días de las calendas de Mayo en la feria quarta a la hora de media noche. Era M.LXXVII en la sexta edad del mundo. Concede, oh Cristo, perdón. Amen.”

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