La mano del Diablo. Una leyenda de Toledo

Historia toledana del siglo XVII publicada en "El Tajo" el 21 de septiembre de 1867.

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Comenzamos a narrar una vieja leyenda toledana, poco conocida hasta la fecha, publicada en “El Tajo” en diversos episodios desde el 21 de septiembre de 1867. Vamos a respetar el formato y publicaremos cada pocos días, como la edición original. ¡Síguenos!

I. La casa misteriosa

I.

A fines del siglo XVII excitaba sobremanera la atención de los pacíficos habitantes de la antiquísima ciudad de Toledo una casa, situada a corta distancia de la iglesia conocida con el nombre de la Magdalena.
Según la cuenta de las viejas, que raras veces se equivocan, hacía más de siete años que estaban cerradas las puertas de aquél edificio.
Pero lo que principalmente traía amedrentados los ánimos, era el espantoso ruido que, semejante al que puedieran producir cien gruesas cadenas arrastradas a un tiempo por el suelo, dejábase oir unos instantes al toque de ánimas y después desde las doce de la noche hasta la luz del nuevo día; ruido infernal que distraía del sueño a más de cuatro honrados menestrales, quienes llenos de miedo aseguraban de todas veras ser aquella diabólica mansión el lugar donde tenían sus juntas o aquelarres las brujas de la imperial ciudad y su comarca.

Y como, aunque transcurrían meses y años, las puertas no se abrían y el ruido no cesaba, tomaban cuerpo las murmuraciones, y el terror íbase apoderando de día en día con mayor absoluto dominio de las almas.

II.

Sería el anochecer de una fría noche de diciembre del año de gracia de 1694, cuando aparecieron misteriosamente dos hombres delante de la puerta de la casa objeto de tantos comentarios.
El uno alto, delgado, de airoso continente, parecía mucha persona a pesar de su miserable traje de peregrino.
El otro bajo, regordete, envuelto en una ancha y larga capa, aparentaba ser por sus grotescos ademanes criado.

– Por fin, mi Sr. D. García, me obligáis a pisar de nuevo los umbrales de vuestra casa.
– Gracias a Dios, mi querido Ruy Pérez, que a ella vuelvo -contestó el peregrino, abriendo con una gruesa llave la puerta.

Señor y criado entraron, aquél con arrogancia, éste con visibles muestras de miedo, y la puerta tornó a cerrarse.

– Pero… ¿Qué es esto? -exclamó D. García, deteniéndose delante de un gran patio iluminado por la escasa luz de alguna que otra estrella. -¿No dejé a tu cargo en mi ausencia el cuidado de este edificio?
– Así fue, mi querido señor.
– Y sin embargo, veo el patio tan cubierto de yerbas que parece un prado. ¿Cuánto tiempo hace que no has venido por aquí?
– Seis años.
– ¡Seis años! siete hace que me ausenté en mal hora de estos sitios.
– Bien habéis dicho que en mal hora, porque desde que abandonásteis a toledo no he gozado rato de reposo.
– ¿Quién ha turbado la tranquilidad de tu alma?
– Las brujas.
– ¿Aún sigues preocupado con la existencia de tales entes?
– Como vos dudáis de todo, no creéis en los hechizos de los espíritus endiablados; más a fe, a fe, que si es verdad o mentira, decirlo puedo yo o nuestro pobre rey Carlos II.
– Calla, imbécil; no hables de cosas que no entiendes.
– Bien pública es la situación de nuestro soberano.
– ¿Has estado en la corte?
– Poco aficionado a viajes, no he pasado de la puerta de Bisagra.
– Pues si no has estado en Madrid, no hables de lo que por aquí han dado en llamar las gentes sencillas hechizos, y allí los más avisados conocen con el nombre de intrigas cortesanas.
– Y a la verdad que mejor es no hablar, porque al buen callar llamar Sancho; y, como decía el otro, respetar al rey es ley y luego que hablando de tan alta persona puede uno ir a dar con sus huesos a alguno de los calabozos del Santo Oficio; y la Inquisición es respetable… A la Inquisición chitón…
– Da fin a tus refranes, y cuéntame pronto los sucesos para mi más curiosos ocurridos en mi larga ausencia.
– Antes me habéis de ofrecer defenderme de los malos espíritus en caso necesario.

D. García se sonrió.
– Hecha tal advertencia -continuó Ruy Pérez- paréceme señor, que más nos valdría trasladarnos a las habitaciones de arriba, porque el frío que se deja sentir aquí en el patio es insufrible. Así me referiréis, satisfecha vuestra curiosidad, la historia de vuestras aventuras.
– Nos preocupaba un mismo pensamiento; pero ¿cómo vamos a subir sin luz?
– Ya me había yo prevenido para el caso -contestó Ruy, desembozándose y mostrando a su amo una linterna sorda, hasta entonces oculta bajo el embozo de la capa.
– Veo con placer que conservas tus buenos hábitos de siempre.
– La precaución es una virtud; hombre prevenido vale…
– Valga o no valga, hazme el favor de olvidar por esta noche cuántos refranes haya atesorado tu memoria, y guíame cuanto antes a la sala de armas de mi difunto padre. Estoy dado al mismo Barrabás.

Santiguóse Ruy dos o tres veces sin comprender el significado de las palabras de su señor; inclinó la cabeza; levantó el brazo para que iluminara mejor la luz de la linterna y echando a andar por entre los altos jaramagos, dijo:
– Estoy a vuestras órdenes.

III.

Con lo cual, deslizáronse ambos por le patio; subieron los escalones de una magnífica escalera de mármol; atravesaron un angosto y tortuoso corredor y, después de cruzar dos espaciosas salas desamuebladas y cubiertas de polvo, entraron en la de armas, por extremo espaciosa y ricamente adornada con trofeos de todos los tiempos y lugares.

Las arañas habían tejido telas en los ángulos del aposento y el polvo había, como en las demás habitaciones, cubierto el suelo y los muebles que le decoraban.
– Apostaría dos contra uno -dijo Ruy, colocando la linterna sobre uno de los brazos de un viejo sillón de nogal- que en toda España hay otra sala igual a la del tan virtuoso cuanto valiente D. Félix de Suárez.
– ¡Valiente y virtuoso! -murmuró en voz baja el peregrino, sin apartar los ojos de las armas que se le ofrecían delante de la vista -Valiente he sido; pero virtuoso… ¡Oh! Estoy dado al mismo Barrabás.
– Cascos, coseletes, manoplas, -prosiguió Ruy Pérez, mirando cada uno de los objetos que nombraba, -todo se encuentra aquí; rodelas, lanzas, espadas, puñales…
– Uno necesitaba yo esta noche.
– ¿De tan buen acero como el de éste?

Y Ruy presentó a su amo un hermoso puñal, cuya hoja habían templado las aguas del renombrado Tajo.
– Precisamente -respondió D. García, cogiendo con avidez el arma.
– Supongo que no será para matar a nadie.
– Tal es mi estado que nadie soy ya en aqueste mundo.
– ¿Acaso intentáis suicidaros?
– A eso he venido a este recinto.
– ¡Señor! No haréis tal estando yo presente.
– ¿Para desgracia tuya me atreverías a mi, villano? Mal harías.
– ¿Por qué?
– Porque me obligarías a matarte.

Ruy Pérez miró temploroso al atolondrado mancebo e inclinó aturdido los ojos sin acertar a darse razón de lo que le sucedía.

IV.

– ¿Juras -interrupió de pronto aquél- decirme la verdad en cuanto te pregunte?
– Juro.
– Cuenta ante todo con morir a mis manos si me engañas.
– Preguntad.
– ¿Qué se ha hecho de Doña Luz en mi ausencia?
– Se ha casado.

D. García palideció.

– ¿y quién se ha atrevido a conducir hasta el altar a mi antigua amada?
– D. César, el hermano de Doña Leonor.

D. García se estremeció como un azogado.

– Y de Doña Leonor ¿qué se ha hecho?
– Dos años ha que fue enterrada junto a la sepultura de vuestro padre en la inmediata iglesia de la Magdalena.
– ¡Infeliz!
– Decís bien; infeliz porque tuvo la locura de amar a otro loco como ella. Doña Leonor era una santa, vos un aturdido libertino; Doña Leonor os amaba, vos la aborrecíais o a lo menos la engañábais con un amor falso; y en cambio a Doña Luz que os aborrecía y os aborrece, la amábais y la amáis aún, que es lo peor, a lo que veo.

15/3/18

– ¡Que me aborrece Doña Luz! ¿Quién te ha informado de semejante noticia?
– Aurora, mi mujer, antigua criada de la hoy esposa de D. César.
– ¿Es decir que te has casado tú también?
– Y he llegado a ser propietario de una tienda de comestibles como la que habéis visto esta tarde.
– ¿De qué manera te has compuesto para progresar tanto?
– Muy sencillo. Ya sabéis que desde la muerte de Don Félix llevaba tres a ños a vuestro servicio, acompañándoos, criado siempre fiel, a todos vuestros galanteos. Buen mozo, rico y valiente, para vos no había doncella, ni casada, ni monja segura; lo que no conseguía vuestro amor, lo alcanzaba vuestro oro o vuestra espada; érais, para decirlo de una vez, el D. Juan Tenorio de Toledo.
– No mortifiques con largos razonamientos mi paciencia.
– Pues bien; tres años habían transcurrido en tal estado, cuando una noche me dijistéis, de vuelta a casa: – Ruy, acabo de matar a un hombre, a un antiguo amigo de mi padre, a D. Lope de Toledo, y como la justicia ha puesto manos en el negocio, es necesario que huyamos cuanto antes, porque los momentos son preciosos. De buen grado os hubiera seguido; pero ya no me pertenecían ni la voluntad ni el corazón; y locamente prendado de Aurora, faltóme ánimo para ofrecerme a vuestra compañía. Con el dinero y alhajas que pudistéis haber a las manos huistéis a la corte al anochecer del día siguiente, dejándome con unos cuantos escudos al cuidado de vuestra casa, cuyos ricos muebles (excepto los de esta sala de armas, gracias a mi amistad con uno de los señores alguaciles) fueron vendidos para hacerse cobro la justicia.

– ¿Y se atrevieron a abrir esa puerta? -interrogó D. García señalando una situada en uno de los ángulos de la estancia.
– No por falta de voluntad; más, como me encargásteis al despedirnos que nadie se atreviera a abrila, me opuse, y mi oposición fue afortunadamente válida.
– Prosigue.
– Concluiré manifestándoos que a los tres meses de vuestra partida me enlacé con Aurora; que a los cuatro me establecí, efecto de la benéfica mano de Doña Luz y de mis ahorrillos, en la plaza de Zocodover detrás del mostrador de una tienda de comestibles; y por último, que allí continúo al lado de mi mujer y de mis seis robustos pequeñuelos, sin otra novedad que la de que mi Aurora, siguiendo la constumbre de darme hijo por año, está a estas fechas muy avanzada encinta.
– No deja de tener lances tu historia.
– Ya os había anunciado que era sencilla como yo.
– Me has dicho que por miedo a las brujas dejaste de visitar este edificio.
– ¡Ah! Es verdad; se me olvidaba lo mejor. Al año de vuestra ausenci, precisamente la noche del aniversario de la muerte del virtuoso D. Félix, vine en compañía de mi amigo Dimas.
– ¿Quién era ese señor?
– Era y es el monaguillo, teniente de sacristán de la iglesia de la Magdalena. Le llmaan de mal nombre Lechuza, porque es muy feo, delgado, lameruzo, pero tan lameruzo como buen amigo; excelenge sujeto.
– Procura no distraerte del asunto a no pretender que te aplique una de mis plantas a cualquiera de tus dos robustas posaderas.
– Como iba diciendo -continuó impasible el mofletudo y pacífico Ruy- la noche del aniversario de la muerte de nuestro padre ¡Dios le guarde en su gloria! vine con Lechuza hasta la puerta de la iglesia; y mientras él se dirigió a dar según costumbre el toque de ánimas, encaminéme yo a esta casa. Pero ¡ay de mi! No bien había penetrado en el patio, al poner el pie en el primer escalón de la escalera, oigo la primera campanada, y con ella el espantoso ruido de más de cien cadenas arrrastradas con ruido infernal por las habitaciones de arriba. Muerto de miedo, se me cayó al suelo la linterna; apagóse la luz; con las tieneblas se acrecentó el ruido infernal arriba producido; tropezando y cayendo, santiguándome un millón de veces, corrí a la puerta; híceme con ella una muy regular herida en la frente, y derramando sangre torné a mi morada, no sin jurar a mi chillona costilla y a mis llorantes hijos no volver en vida a poner los pies por los umbrales de estas habitaciones encantadas. Si después de siete años de ausencia me presento hoy perjuro en la casa misteriosa, como han dado en llamarla los vecinos, debido ha sido a vuestras súplicas, a la casual ausencia de mi mujer en la tienda, a quedarse en ella Íñigo, el mayor de mis pequeñuelos, y principalmente a la confianza que siempre me ha inspirado vuestro valor, en ninguna ocasión desmentido.
– Veo con sentimiento que sigues tan miedoso como en otros días. ¿Por qué no saldrán sahora los espíritus de Luzbel?
– Ellos lo sabrán y el diablo su cofrade; sin embargo, estad sobre aviso porque…

V.

Un ruido estrepitoso, igual al que produjera una roca que se desplomase desde la cúspide de una montaña, y un ¡ay! conmovedor, agudo, penetrante, dejado oir al mismo tiempo, detuvieron la palabra en los labios de Ruy; quien lleno de miedo dióse a correr de un lado para otro, tapados los ojos con las manos.
Mírole D. García y al verle de aquel modo prorrumpió en una carcajada burlona.
– Sí, sí, -exclamó asustado con voz apenas perceptible- para risitas está el tiempo… No sé cómo sois… os burláis de todo.
– ¿No me he de burlar?
– A fe, a fe, que yo daría lo que no tengo por trasladarme ahora a mi tienda, sin ser visto ni oido de nadie.
– Estoy por romperte la cabeza.
– Podéis hacer lo que os plazca; de morir a manos del diablo o a las vuestras me es preferible lo segundo.
– ¿Qué diablo es ese de que hablas, que sólo existe en tu imaginación calenturienta?
– ¿En mi imaginación? ¿Habéis olvidado ya el estrépito de hace poco, semejante al que yo oí la noche en que las brujas…
– Hazme el favor de no volver a pronunciar tales palabras, -interrumpió incomodado D. García.- Mira al suelo y comprenderás la causa de tu espando.
– ¡Ah! ¿Con que todo ha sido ocasionado por un madero desprendido del techo?
– Precisamente. ¿No te avergüenzas de ti mismo?
– Me avergonzaré si concluís de convencerme. Decidme, señor mío: ¿quién ha exhalado ese ay lastimero, como el suspiro de una doncella enamorada, que se ha dejado or a la vez del ruido de la viga al desplomarse?
– ¿Estás soñando?
– Porque estoy bien despierto lo digo. ¿Acaso no habéis reparado en el ay penetrante de esa bruja?
– No.
– ¡Dios de mi alma! ¿Habrá sido ilusión de mis sentidos?
– Sólo tú, que eres incorregible, se atreverá a dudarlo.
No tengas miedo; estando yo presente, nadie vendrá a turbar nuestro reposo.
– Con veros y oiros parece que me animo; a vuestro lado me tengo por tan valiente como el Cid.

– De modo que si hubiese necesidad lucharías con el mismo diablo en persona.
– ¡Jesús, María y José! Líbreme Dios, ni de pensarlo.
– Pero siquiera te atreves a quitar tu linterna del brazo del sillón, a limpiarle con la capa para que me siente más cómodamente, y a oir el relato de la aventura que me obligó a abandonar esta casa, juntamente con las desventuras de mi vida en los últimos siete años.
– si va a decir verdad, desearía escuchar esa relación mejor que un beneficio simple para mi Íñigo.

VI.

De allí a cinco minutos los deseos del peregrino estaban satisfechos.
Y rui Pérez se cruzaba de brazos, impaciente de oir la relación de la historia ofrecida.

II. Historia de aventuras y desventuras

I.

D. García comenzó a hablar de esta manera:
-Hijo único, huérfano de madre desde los primeros instantes de mi vida, pasé la niñez y particularmente la juventud esclavo de los caprichos de mi padre, hombre virtuosísimo al parecer, pero tirano que, complaciéndose en oprimirme en demasía, me obligaba a vivir ni más ni menos que si la fría nieve de las canas hubiera petrificado mi cerebro.

(22/3/18)

Joven de veinte años, inflamado por el fuego de las pasiones, maldije ni se sabe las duras cadenas que me aprisionaban, hasta que la muerte se presentó en mi casa y, arrebatándome a mi déspota, me concedió el tesoro de libertad por mi con tantas ansias codiciado.
Confieso que sin saber por qué no cuanto debiera sentí la muerte del buen viejo.
Educado sin los incomparables cariños de una madre, de mi virtuosa madre Doña Blanca, mi carácter habíase ido formando excesivamente adusto, sin que mi corazón mal dirigido, ajeno a los puros goces del alma, conociese otra ambición que la del oro, ni otro placer que el placer brutal de los sentidos.
Y como aquella muerte me haría heredero de inmensas riquezas, la puerta para lanzarme al mundo del libertinaje, de ahí la falta de sentimiento por la pérdida del a quien era deudor de la existencia.

II.

Sin duda que penetraba aquel lo porvenir más de lo que a primera vista aparentaba, cuando desde el lecho de la agonía me dijo:
– Mi vida se acaba muy pronto; por eso antes de morir deseo encomendarte un encargo.
– Mandad -le respondí verdaderamente enternecido.
– Te dejo —continuó el agonizante— heredero de una fortuna cuantiosa; pero a condición de que una parte de ella, la cuarta siquiera, la dediques al socorro de los pobres, que después de muerto más que en vida bien necesita un padre como yo de las buenas acciones de sus hijos.
— ¿Acaso habéis sido tan gran pecador? Vuestra vida era la de un santo.
— En verdad te digo que pocos hombres sustentara la tierra tan criminales y dignos de la divina cólera como el que te está hablando desde el borde, como quien dice, del sepulcro.
— Escrúpulos de conciencia; vos liabais sido un verdadero modelo de virtudes.
— Mí vida encierra un misterio horrible; quiera Dios que jamás llegue á descifrarse para ti; aunque temo.
— Os prometo no deshonrar en tiempo ni lugar vuestro apellido.
– Cuenta, amado García, que los hijos heredan con los bienes los pecados de los padres. l Ay de ti si no eres virtuoso!
— Os juro serio, padre mio.
— Si tal cumplieras, el cielo te lo premie; mas si por desgracia tus vicios te redujesen en triste día, a la miseria, hastiado de la vida anhelases la muerte, torna a esta casa que te vid nacer, penetra en la sala de armas de nuestros antepasados, y busca en ella una puerta secreta que te conducirá a otra habitación, donde hallarás remedio a tus males.

De allí a una hora espiraba en mis brazos, y yo anegado en lágrimas pedía al Dios de las misericordias por el descanso de su alma.

III.

Mas pasó un mes, otro, y otro, y el sentimiento fuése dieminuyendo en la mia hasta el extremo de que, olvidado de todo, me lanzase á la vida del más completo libertino:
Joven, rico, valiente, convertime en un nuevo Tenorio. Y con el entusiasmo de mi amor y con el ascendiente de mi oro, aspiré cual ninguno los vapores embriagados de la orgía.
Toledo recordará por siempre -las hazañas de su hijo García de Suarez; los padres temblaron por sus hijas, los esposos por sus mujeres, los hermanes por sus hermanas y los tutores por sus pupilas, de tal modo que todos me cerraron las puertas de sus casas, si se exceptúa D. César de Urbisa, libertino como yo, que me admitió en la suya con:- fiado en que el hijo de un amigo jamás faltaría a los deberes de caballero.

IV.

Tenía D. César una hermana, Leonor, prodigio en hermosura y en virtudes, que apenas frisaba en los quince, pura como las brisas de la mañana, candorosa como la sonrisa de un niño, de tez blanca como la azucena, y de cabellos de oro y ojos de cielo como los de un ángel del Empíreo.

Con el trato de uno y otro día, Leonor llegó á amarme de una manera indeciblemente apasionada: no de otra suerte se inclina la débil sensitiva huida por los rayos del penetrante sol del estío.

Y sin embargo, yo no podía corresponderla; mi alma pertenecía á otra mujer, a otra mujer que era mi tentación, tanto más cuanto que ni mis riquezas ni -mis galanteos habían sido capaces de ablandar su corazón empedernido.

¡Oh! Doña Luz era mi tormento.

¿De qué me servían mi maestría y mi oro si ni una ni otro bastaban a conquistarme el amor de aquella cuyos ojos abrasaban mi espíritu con el fuego devorador, satánico, que Dios se dignó conceder tan sólo a las morenas?

Para consolarme decianme mis amigos que Doña Luz, tan bella como desdeñosa, a nadie amaba á no ser á sus padres; pero yo sabia con certeza que su corazón pertenecía a otro hombre, a D. Lope de Toledo, tan gran persona en la ciudad cuanto enemigo particular mio.
Porque era el caso que D. Lope estaba loco, no por Luz, sino por Leonor, en cuya casa me vela entrar de noche y de día a todas horas. ¡Incomprensible condición humana Amamos tal Vez á quien nos aborrece, y aborrecemos quizás á quién nos ama.

V.

Transcurrieron algunos años.
Y la pasión de Doña Leonor hacia mi, la mía hacia Doña Luz, la de Doña Luz hacia D. Lope y la de éste hacia Doña Leonor, se acrecentaron con el tiempo.
Aunque más de una vez quise apartarme para no volver más de casa de mi amigo el bondadoso César, un poder secreto, irresistible, me arrastró hácia aquellos umbrales, corno me arrastró á jurar cierto dia en un rapto de pasión fidelidad eterna á su hermana, cuyo espíritu inundaron de inmenso goce mis promesas.
Leonor se tuvo por dichosa.
Y yo me alegré, siquiera consistiera en una mentira tanta dicha.

VI.

En esto llegó el cumpleaños de mi amante, y deseosos de festejarle, dispusimos una gran comida en el campo.
Lucían los primeros albores de uno de esos hermosos días de primavera, en que la naturaleza toda sonríe, en que el cielo con sus nubes de grana, los campos con sus flores, las auras con sus besos y los pajarillas con sus trinos, están convidando al deleite; cuando D. César, su hermana, algunos amigos y yo cruzábamos en una barquilla las aguas del Tajo en dirección a la Virgen del Valle.
Cuanto gocé aquel día no es decible.
Leonor me pareció más hermosa que nunca. Asemejábase su trato al de un ángel.

A la caída del crepúsculo nos dirigimos, de vuelta a casa y para prolongar más el paseo, hacia la Sisla, a entrar en la ciudad por el puente de Alcántara.

Unido al brazo de mi amor, a alguna distancia de Don César y sus amigos, torné a jurar fidelidad a aquella alma virgen que me ofrecía las primicias de sus encantos.

Y Leonor, inundados los ojos de lágrimas , me prometió unirseme por siempre a concluir sus días en un claustro.

Preocupados con la conversación, entramos en Toledo, sin que ninguna nube empañara el cielo de nuestra ventura.

Más de pronto, al llegar junto a la posada de la Sangre, una voz fuerte, amenazadora, hirió nuestros oidos.

Leonor volvió la cara y exhaló un gritó penetrante.

Yo dejé el brazo de mi dueña, y me dirigí al caballero que con tono tan amenazador acababa de pronunciar mi nombre.

– ¿Sabéis quién soy? —me interrogó.

— D. Lope de Toledo.
– ¿Ignoráis que amo á la dama, a quien vos cortejáis tan de continuo?
— Lo sabia.
— Y sin embargo os atrevéis a entrar por medio de la ciudad del brazo de mi amada.
— Caballero, si tal lo sois sed más explícito.
— Dos que aman a una misma mujer, no caben en el mundo.
– ¿Es decir que me provocáis a un duelo?
— A muerte.
— Si os empeñáis
— Y pronto.
— ¿Cuándo?
— Mañana al rayar la luz del nuevo día.

(CONTINUARÁ)

Autor: Abdón de Paz. “El Tajo”. Iniciado el 21/09/1867

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