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La Cruz de Ervigia, leyenda de Toledo

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La Cruz de Ervigia, leyenda de Toledo.

En 1902 se publica en el suplemento de ABC ‘Blanco y Negro’ una leyenda creada por Rafael Torromé. Luis Rodríguez Bausá recuperó hace poco este texto, olvidado, sobre una vuelta más a la tan lamentada ‘perdida de España’, que ahora compartimos y reescribimos para mayor accesibilidad.

En los días iniciales de su reinado, Witiza, quien ocupaba el penúltimo escaño en la línea de monarcas visigodos, mostraba prudencia y moderación. Quizás, porque al igual que el cuerpo juvenil, el alma joven suele reflejar gracia y belleza natural. Pero con el paso del tiempo, los años amargaron su espíritu y las delicias del poder lo envolvieron en arrogancia, convirtiendo su cordura en audacia y su prudencia en insolencia.

El destino quiso que el rey se enamorara de Ervigia, la esposa de Don Favila y destacada dama de la corte. Sin embargo, consciente de que ella no aceptaría ser objeto de su deseo ni conformarse con un amor furtivo cuando él ansiaba su posesión completa, decidió eliminar a su rival. Su plan era que la viudez de Ervigia eliminara los obstáculos que su matrimonio representaba para él.

Retrato imaginario del rey Witiza, de Manuel Iglesias y Domínguez (1853). (Museo del Prado, Madrid).
Retrato imaginario del rey Witiza, de Manuel Iglesias y Domínguez (1853). (Museo del Prado, Madrid). Fuente: Wikipedia.

Así, bajo la máscara de preocupaciones políticas, el rey convocó a toda la nobleza en su alcázar en Toledo. Una vez reunidos, se sentó en su trono y, con voz grave y alterada, anunció:

“He sabido que entre vosotros hay quien conspira contra su rey, y para descubrir al culpable, apelo al juicio de Dios. Cubriré mis ojos con una mano y lanzaré mi bastón de hierro y punta de acero. Aquel que sea herido será el responsable del delito.”

Con falsa solemnidad, el rey cubrió sus ojos y, entre los dedos temblorosos, dirigió una mirada de rencor a Don Favila. Lanzó su arma hacia él, atravesando su pecho y causando consternación en la corte.

Don Favila cayó bañado en su propia sangre, mientras Ervigia perdía el conocimiento en brazos de otras damas. El rey, indeciso y tembloroso junto a su trono, sentía el peso de los remordimientos y las esperanzas amorosas.

Fingiendo lamentar la muerte de Don Favila, el rey trató de disimular su traición. Aunque los nobles no sospecharon el engaño, esta simulación alimentó las ambiciones de verdaderos conspiradores, especialmente de Don Rodrigo, quien aspiraba al trono de España.

Ervigia, desconsolada por la pérdida de su esposo, renunció a los placeres mundanos y se recluyó en un convento para dedicarse al amor divino. A pesar de los intentos del rey por disuadirla, ella respondió:

“Mi señor ha muerto por vuestra mano y por el juicio de Dios. Si mi rey y mi Dios quieren mi libertad, debo aceptar la tristeza que me habéis dejado.”

El rey, no queriendo contrariarla, intentó corromper a los sacerdotes y desafiar a la Divinidad. Sin embargo, en lugar de debilitar la fe de Ervigia, sus acciones solo aumentaron el odio hacia él, alimentando las conspiraciones en su contra.

Abrió furioso la ventana de la celda que daba al Tajo, y arrojó la santa reliquia a las profundidades del río

Cegado por su pasión, el rey intentó seducir a Ervigia, pero ella lo rechazó con indignación, protegiéndose con una cruz de metal. Enfurecido, el rey arrojó la cruz al río Tajo, desencadenando la llegada de los seguidores de Don Rodrigo, quienes se sublevaron contra él.

Desterrado por Don Rodrigo a una fortaleza en Córdoba, Witiza fue despojado de sus ojos para evitar que reclamara el trono nuevamente. En sus últimos momentos, Witiza, sintiendo que la vista regresaba a sus ojos vacíos, rezó por primera vez en su vida, mientras su espíritu se liberaba de su cuerpo enfermo.

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Cuenta la tradición que el infortunado Witiza cuando se hallaba agonizando, tendido en el suelo sin amparo ni sostén de nadie y sin más medicina que una hidra de barro para apagar la sed de su fiebre mortal, sintió que le volvía la vista a sus vaciados ojos, y dirigiéndola a un lado vio la cruz que arrebató de manos de Ervigia, erguida sobre el mosaico alejandrino de aquel pavimento; escucho también los sonidos metálicos que aquella insignia arrancó de peña en peña cuando la arrojó a las profundidades del rio, y le pareció sentir que la sangre de D. Favila, brotando de su frente, le caía gota a gota sobre sus ojos. En aquel trance Witiza juntó sus manos y mirando con piedad la cruz que antes había lanzado con tanta cólera, rezó con fervor por vez primera en su vida, en tanto que su espíritu se desprendía de la miserable prisión de su enfermiza carne.

Witiza juntó sus manos y mirando con piedad la cruz que antes había lanzado con tanta cólera, rezó con fervor por vez primera en su vida, en tanto que su espíritu se desprendía de la miserable prisión de su enfermiza carne.

(2 de septiembre de 1902) – Versión libre de LA CRUZ DE ERVIGIA (Rafael Torromé).

Primera publicación: 07 de abril de 2024. Recuperada de la prensa histórica por Luis Rodríguez Bausá.

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