Toledo, año de 1233, reinaba Don Fernando III el Santo en Castilla. Don Fernando Gonzalo gobernaba en Toledo como Alcaide. Caía la tarde sobre Toledo, mientras una figura paseaba lentamente por las almenas de su castillo…

¿Cómo había llegado a tal punto? A veces se preguntaba cómo había conseguido tanto odio de su pueblo… Pero en realidad, poco importaba ya, agitaba la cabeza y volvía a sus quehaceres procurando que la conciencia no le atormentase demasiado con aquellos pensamientos.

Al volver a su salón, otra vez la encontró sollozando: ¿qué os pasa ahora Aldonza?

Bien lo sabéis –contestó la dama- os pido, ¡os suplico! Que acalléis por fin los rumores que me deshonran cumpliendo vuestra palabra. ¡Maldigo el día que embrujasteis mi corazón y rendí mi virtud a vuestras zalameras palabras! Os lo ruego ¡desposadme de un vez!

Otra vez lo mismo, pensaba Don Fernando.

Hace tiempo que descubrió que su cargo de Alguacil Mayor de Toledo le proporcionaba muchos más privilegios que los que la ley le otorgaba y había conseguido una fortuna a costa de los bolsillos de aquellos a los que debería gobernar con sabiduría. Pero de los bienes ajenos apropiados de los que más se enorgullecía era de las honras, virtudes y decencias que, encandilándoles con palabras y promesas, había robado a decenas de mozas toledanas.

Su mayor conquista era Aldonza, una rica huérfana de familia noble a la que incluso había llevado a vivir a su palacio con la excusa de un futuro matrimonio que nunca llegaba…

Ante el berrinche de la dama inventó una nueva excusa afirmando que ahora no había tiempo para desposorios porque el rey llegaba mañana y los asuntos de estado eran más importantes.

Plaza de Zocodover, Toledo, durante el Corpus
Plaza de Zocodover, Toledo, durante el Corpus

Huyó de allí camino del Alcázar, con la intención de seguir preparando la visita real. Al enfilar la cuesta desde Zocodover una joven se arrojó a sus pies suplicando:

  • Os lo ruego señor, os lo ruego.
  • ¿Quién sois vos? –Preguntó molesto el Alguacil.
  • Pero señor ¿acaso ya no me recordáis? Bien que decíais mi nombre cuando me besabais –afirmó contrariada la joven. ¡Soy Blanca!
  • Ah, os recuerdo, -dijo fingiendo indiferencia- ¿Y qué diablos están importante para molestarme a estas horas de la noche?
  • Señor, -suplicó de nuevo ella- mi padre me ha echado de casa por la desvergüenza que le causa nuestra relación.
  • ¿Qué relación? –Interrumpió furioso Don Fernando- ¿De verdad creísteis que unas noches de amor iban a durar toda la vida? Nadie os obligó a nada, volved con vuestro padre y no me molestéis más.
Fernando III el Santo by Bartolomé Esteban Murillo, Seville Cathedral
Fernando III el Santo by Bartolomé Esteban Murillo, Seville Cathedral

De Bartolomé Esteban Murillo – image taken by User:Mathiasrex, Maciej Szczepańczyk, Dominio público, Enlace

Fernando III y su corte entraron en la ciudad. Todo Toledo estaba en la calle celebrando la llegada. Famosa era su sabiduría y su afán por la justicia, por lo que mandó instalar de inmediato una tribuna en la plaza de Zocodover para que le fueran rendidas cuentas e impartir justicia a quien lo solicitara.

El día era festivo en Toledo y todos los vecinos lo celebraban, pues por muchos desmanes realizados por el Alcaide Fernando Gonzalo, nadie se atrevía a denunciarle a su rey por miedo a las probables represalias si la denuncia no llegaba a buen puerto.

Numerosos pendones adornaban Zocodover, y el sol de la mañana iluminaba la subida del rey al trono improvisado bajo el Arco de la Sangre, acompañado de un nervioso Fernando Gonzalo, señor de Yegros que, en calidad de Alguacil Mayor de Toledo, debía presentar cuentas de su gestión y sus hechos.

La vista transcurrió con normalidad y el rey estaba satisfecho por la organización de la misma y la correcta resolución de algunos problemas planteados. Pero justo en el momento en que se disponía a dar por terminada la audiencia, una dama con un velo negro corrió a arrojarse a los pies del rey. Al ser rápidamente sujetada por la guardia, el rey por curiosidad dijo:

¡Parad! Dejadla que hable y que se descubra de su velo.

La cara del Alcaide cambió de color al reconocer a Aldonza.

La dama explicó con todo detalle, a viva voz para que todo el pueblo de Toledo allí reunido escuchara el ultraje al que había sido sometida por un caballero toledano, y las muchas promesas incumplidas.

El rey, indignado, elevando la voz, dijo:

—Decid el nombre de tan innoble caballero, pues el incumplimiento de una promesa de matrimonio es un agravio que no debemos tolerar a ninguno de nuestros nobles.

Entre sollozos pero con voz firme, la muchacha exclamó:

—Majestad, el caballero de quien os he revelado tal villanía es nuestro alcaide Fernando Gonzalo.

Tras unos instantes, Fernando III obligó en público al de Yegros a pedir perdón a la dama y a tomarla de la mano, sellando así ante él y toda la ciudad, el compromiso de que en breve serían marido y mujer.

Terminando estaba de dictar su sentencia cuando los soldados del rey desenvainaron de nuevo sus espadas al ver que otra mujer se lanzaba al palco real.

De nuevo el rey pidió escuchar a la joven dama:

Blanca me llamo señor –contestó ella sin atreverse a mirarle a la cara- y vengo a implorar justicia.

La joven contó que era hija de un buen hombre al servicio del Alguacil y que el duro trabajo de su padre no era suficiente para pagarle las rentas a su señor. Refirió con vergüenza cómo don Fernando la convenció para que sus favores amorosos saldaran la deuda de su padre y le prometió que algún día se casaría con ella. El padre se enteró y la echó de casa y su supuesto enamorado había de casarse ahora con otra por orden real.

Como veis majestad –continuó Blanca- he perdido padre, amor y honra por culpa de ese hombre al que confiasteis la guardia de esta ciudad. Y no soy la única señor, esperad a que Toledo pierda el miedo y os hable del Alguacil.

Nadie en Zocodover se quedó callado. Comenzaron a llover las acusaciones contra Don Fernando de otras damas ultrajadas, siervos y gente a su servicio que pusieron de manifiesto la calaña del gobernador toledano.

Tras esto, varios fueron los minutos de silencio que guardó el rey en los que nadie se atrevió ni a pestañear.

Se levantó y en voz alta pidió perdón a los que le escuchaban por no haber sabido elegir un Alguacil digno de una ciudad como Toledo.

De forma inmediata dictó sentencia ordenando que don Fernando Gonzalo fuese decapitado en la plaza y su cabeza expuesta como ejemplo para todos aquellos que quisieran imitarle.

Cuenta la leyenda que entonces, el rey Fernando III mandó ubicar un viejo relieve en la Puerta del Sol: dos mujeres jóvenes sujetando una bandeja con la cabeza de un hombre, para que nadie olvidara que el gobierno nunca debe ser utilizado para provecho propio ante los más débiles.

Puerta del Sol en Toledo la atardecer

No es la única leyenda que hace referencia a los desmanes de este Alguacil toledano llamado don Fernando en el siglo XIII. Otra famosa leyenda similar a estos hechos es “El callejón de los niños hermosos” que puedes leer en estas páginas. 

Versión adaptada de:

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