Escribir en las tetas de las mujeres o ingerir semen en repulsivos brebajes eran parte de los hechizos comunes en siglos pasados en Toledo. ¿Cómo eran estos antiguos hechizos y pócimas? ¿Quiénes eran las personas que hacían uso de estos terribles brebajes y qué supuesta utilidad tenían? En este amplio y documentado texto encontrarás algunas respuestas recopiladas por el doctor en Historia Felipe Vidales.

Para los hombres de la Edad Media y la Edad Moderna la naturaleza femenina resultaba un misterio, algo desconocido y por lo tanto una amenaza. La existencia de un personaje que reuniera lo femenino, lo pérfido y lo poderoso resultaba para muchos y en muchos casos la explicación de los males que aquejaban a la sociedad. De ellas era la culpa de las muertes prematuras y de los terremotos, de las malas cosechas y de la impotencia sexual de los hombres, pues en tanto que sexo débil, eran el recurso del que se aprovechaba el diablo para intervenir en la sociedad y sembrar su semilla del mal. Pero, ¿realmente eran ellas per se la naturaleza misma del mal? Claramente No. Toda la liturgia cristiana definía que el mal se encarnaba en el demonio, eso quedaba claro. Pero ellas, las mujeres, especialmente las más heterodoxas en sus creencias y prácticas, eran la vía por la que el demonio conseguía hacer el mal y cumplir su verdadero objetivo: la destrucción del ser humano y de la creación de dios. Y así nació o, mejor dicho, se fabricó y se inventó la bruja.

Las persecuciones de la Inquisición

Durante siglos, decenas de miles de mujeres fueron perseguidas, juzgadas y sentenciadas o directamente asesinadas sin juicio alguno por toda Europa. Las brujas fueron la suma de todos los estereotipos y prejuicios, de la falta de conocimiento, en torno a tres variantes principales: mujer, magia y sexualidad.

El tribunal de la Inquisición de Toledo fue el que más tiempo y esfuerzos dedicó a perseguir los pecados y delitos vinculados con las supersticiones. Muchas hechiceras y pocas brujas, decían los inquisidores, vivían y ejercían en el arzobispado de Toledo, territorio sobre el que tenía competencias el Santo Oficio. Muchas mujeres desvalidas, abandonadas, marginadas e intentando sobrevivir en una sociedad que veía en ellas la explicación de muchos de sus males. Obligadas a sobrevivir muchas veces ejerciendo la prostitución (amancebándose), otras mendigando y la mayor parte de ellas aprendiendo pequeños conjuros con los que ganaban algo de dinero para su mantenimiento. Sin entender esta condición marginal a la que fueron forzadas, en un contexto mucho más amplio como es el de una sociedad misógina y profundamente machista, nunca se entenderán las estrategias de estas mujeres para seguir existiendo, para sobrevivir. La hechicería fue, sencillamente, una de ellas.

Sambenitos en la exposición de instrumentos de Tortura en Toledo
Sambenitos en la exposición de instrumentos de Tortura en Toledo

Hechiceras toledanas

Porque lo más perjudicial para las supuestas brujas era su condición innata de hechiceras, «oficio» al que dedicaban la mayor parte de su tiempo. Fue muchas veces su gran conocimiento botánico para curar ciertas enfermedades, pero también para practicar abortos y controlar embarazos, lo que les valió parte de su (mala) fama, pero también de su negocio, como única vía de ayuda a otras mujeres en situación de necesidad. Y todo eso se unió a la sexualidad. Ellas, las mujeres, «cuya vagina es insaciable y no hay hombre capaz de colmar esa demanda» (como explicaba bien el Malleus Maleficarum) podían arruinar la fecundidad de una mujer, la potencia sexual de un hombre, causar abortos y, en definitiva, anular la voluntad de dios. Este manual de y para inquisidores es una de las cumbres de la literatura misógina, que consiguió exactamente lo contrario de lo que pretendía, ayudando a extender rumores sobre mujeres fantásticas con poderes sobrenaturales. Sus autores escribían que «las mujeres son más crédulas e impresionables. Aman u odian. No tienen intermedio. Tienen la lengua voluble. En una palabra, son más débiles de cuerpo y de mente… por eso están más dispuestas a abjurar de la fe, en donde reside la raíz de la brujería… Toda brujería proviene del deseo carnal, del cual la mujer es insaciable… como consecuencia de ello es mejor denominarla herejía de las brujas que de los brujos, y bendito sea el que ha preservado al género masculino de este crimen horrendo».

Y esa idea de que estas mujeres liberales y libertinas jugaban a ser dios, ese paso de lo natural (botánico) a lo sobrenatural (mágico y demoníaco) es la clave para entender la historia de las mujeres juzgadas por hechicería y brujería durante los casi cuatro siglos de historia de la inquisición española.

Todos hemos escuchado aquella preocupación innata al ser humano de «tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a dios». Pero, ¿y si sólo tengo dos, y si no tengo ninguna? ¿A quién doy gracias, a quién acudo? En ese campo del quiero y no puedo, del quiero y no me dejan, es donde operaba el binomio hechicera-clienta, muchas menos veces el hechicera-cliente y aún muchas menos hechicero-cliente/a. Porque la hechicería es fundamentalmente un fenómeno femenino, por y para mujeres, ya que los hombres podían acceder a la salud, el dinero y al amor por muchas vías que estaban vetadas a las mujeres.

Esto no quiere decir que no hubiera hombres acusados de practicar la hechicería, pero sus casos siempre eran mucho más cercanos a sus propios intereses y oficios: el sexo y la medicina. Si hacemos un cómputo de los procesos inquisitoriales por «religiosidad heterodoxa», más del 60% fueron a mujeres.

Los hombres hacían amplio uso de la hechicería

Existieron casos curiosos como el de Baltasar Benavente, que en 1538 se enfrentó al tribunal de Toledo por blasfemias y supersticiones. En su declaración reconocía una práctica habitual en la Castilla medieval, a medio camino entre la superstición y la medicina preventiva. En esos años en los que magia, ciencia y religión eran tan difíciles de disociar, Baltasar contaba cómo tiempo atrás «me dijo una mujer que le escribiese las tetas para que se le quitase la leche porque se le había muerto la criatura que criaba«. La mortandad infantil era algo con lo que los toledanos de hace siglos convivían, algo habitual pero no por ello fácil de asimilar o de entender. Muchas mujeres perdían a sus hijos en los primeros días o semanas después del parto, en plena lactancia. Lo que se conoce como «subida» de la leche se convertía en un problema físico y psicológico para ellas, pues con ello aumenta el flujo sanguíneo y los fluidos linfáticos, y la medicina no tenía solución alguna. Es ese terreno, donde la fe y la ciencia dejaban de ser útiles, en el que la hechicería y las supersticiones encontraban un fértil campo de actuación. Baltasar decía no saber qué escribir en las tetas de las mujeres, pero rápidamente lo aprendió de otros que sí que sabían y lo hacían con frecuencia, lo que demuestra lo habitual de esta práctica. Otro vecino le facilitó en un papel el texto a escribir en los pechos de las mujeres que perdían a sus hijos en plena lactancia: «In Cristo Ore Dia Cardia cum forma...» Con ello, se creía, las mujeres podrían dejar de generar leche, y debería ser algo habitual recurrir a este tipo de prácticas escritas y supersticiosas, porque Baltasar afirmaba con cierto cinismo que «yo lo he escrito a muchas mujeres en las tetas sin saber que se decía, porque yo no soy latino y no sé si es bueno o malo». Baltasar se lavaba las manos, confirmaba que él era tan sólo uno más de los muchos que lo hacían y pedía misericordia y penitencia si había cometido algún pecado, porque se limitaba a escribir un texto que ni siquiera comprendía, pues no sabía latín.

Proceso de Baltasar Benavente. Documentos de la Sección de Inquisición del Archivo Histórico Nacional
Proceso de Baltasar Benavente. Documentos de la Sección de Inquisición del Archivo Histórico Nacional

Por norma general, los hombres que acudían a hechiceras o practicaban ellos mismos algún tipo de hechicería era buscando sexo, rara vez amor o dinero. Son conocidas muchas de las soluciones en forma de filtros y pócimas que las mujeres facilitaban a estos hombres, publicadas hace años por Cirac Estopañán o Julio Caro Baroja.

Menos conocidos son los remedios que algunos hombres preparaban para otros hombres, especialmente en casos como de de un italiano que a mediados del siglo XVI enseñaba a los hombres españoles cómo conquistar a una mujer. Este comerciante de Ancona vendía sus conjuros «per aver una mujer», para tener una mujer, a quien se lo solicitaba y pagaba por las calles de Toledo. Cometió la imprudencia de hacerlo en serie, de dejarlo por escrito, algo que a él le costó un proceso inquisitorial con pruebas evidentes y a nosotros nos facilitó una maravillosa prueba de archivo, pues rara vez se conservaron los conjuros. Había que tomar «un cabello de la mujer a quien vos quieredes bien en unas pocas de cantazidas pisadas muy bien después que sean pisadas tomarás una fogia (hoja) del lanzie y escribirás en el medio de la fogia el nombre de la dita mujer, después picarás la fogia con la dita polvaza (e la pondrás encima de aquella mujer que quieres bien de mañana antes que tu te laves tus manos».

Este italiano gozó de un privilegio del que no gozaron la mayor parte de quienes se enfrentaron a la inquisición: era hombre. Y como hombre se presuponía una mayor cultura y formación que la de una mujer y, por tanto, una posibilidad más inmediata de que fuese reeducado y aprendiese, de ser corregido. Pagó su pecado con unas cuantas misas y una multa económica. En cambio, mucho más indefensas ante este tribunal, las mujeres pagaron con penas mucho mayores y sobre todo humillantes.

Mujeres y hechicería, pecado.

Porque hay que decirlo otra vez: para ellas esto de delinquir y pecar era muchas veces una cuestión de supervivencia.  Se cuentan por decenas los casos de mujeres procesadas por la inquisición que contaron cómo habían aprendido de otras mayores, de vecinas, de madres o amigas, transmitiéndose de unas a otras los hechizos y conjuros que empleaban para sanar (algunas veces) y para engañar (la mayoría de ellas). Muchas no lo ocultaban. Pero había que comer en un mundo en el que el capitalismo masculino se estaba gestando, y eso era prioritario, como bien ha ido explicando Silvia Federici en sus muchos trabajos.

Isabel Bautista

Isabel Bautista fue uno de esos casos. Sevillana de nacimiento y vecina de Toledo, se enfrentó al Santo Oficio en varias ocasiones, fue condenada por reincidente y terminaría sus días ejerciendo por cualquier ciudad de España el único oficio que conocía, tras ser desterrada de Toledo. Vivía en una zona privilegiada de la ciudad, junto al alcázar y la plaza de Zocodover, no lejos de la plaza de la Magdalena. La descripción que hacían de ella recuerda mucho a la Celestina de Rojas, pero también a las que teólogos y juristas hacían de estas mujeres, deformándolas, señalándolas casi como monstruos de enorme fealdad y peligrosidad. Isabel era «alta, vieja, la cara manchada» y además mulata, quién sabe si descendiente de moriscos o de esclavos africanos. Ante el tribunal Isabel se persignó, rezó y demostró ser buena cristiana además de algo alfabetizada, pues sabía leer y escribir. No disimuló su trabajo, aunque creyó que reconociéndolo los inquisidores mostrarían mayor clemencia, reconociendo que había  «hecho varias algunas curas con palabras santas y buenas con que ganar de comer». Ganar de comer y no saltarse la ley ni pervertir el orden natural y político era su único objetivo.

Isabel fue acusada y sentenciada por algunas de esas curas con palabras santas y buenas que ella reconoció hacer, destinadas casi de forma exclusiva a mujeres que solicitaban su ayuda ante la imposibilidad de encontrar salida a sus problemas. Su ejemplo, una vez más, es una muestra de la imposibilidad de entender dónde terminaba la superstición y empezaban la religión y la medicina.

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¿Qué era magia, qué era fe y qué era ciencia?. Dos mujeres habían solicitado su saber mágico e Isabel acudió a su casa ofreciéndoles ayuda. ¿Qué querían de ella? Sencillamente, que adivinase dónde habían ido sus maridos. Isabel sacó una bolsa roja «con unas habas y las echó entre ellas un poco de paño azul y alumbre, y un poco de carbón y un medio real y otro pedazo de un paño de grana y el paño azul, y dijo significaba celos, y el alumbre pesadumbre». Isabel jugaba con ventaja, acostumbrada como estaba a estos servicios a los que una y otra vez acudían las toledanas cuando eran abandonadas por unos maridos que terminaban lejos, casados de nuevo y formando nuevas familias.

«Diablo Mayor del peso del Rey, Diablo de Zocodover, Diablo del Ayuntamiento, Diablo de Santo Tomé, Diablo del Arrabal, ni dicho doy ni os lo quito hasta que me otorguéis esto que os pido.»

Al primer conjuro Isabel fue añadiendo otros propios y no tan propios, habituales entre mujeres toledanas del siglo XVII, «y en una de dichas veces, demás de dichas habas dijo estas palabras: Diablo Mayor del peso del Rey, Diablo de Zocodover, Diablo del Ayuntamiento, Diablo de Santo Tomé, Diablo del Arrabal, ni dicho doy ni os lo quito hasta que me otorguéis esto que os pido. Tráeme a fulano o a Zultano, y luego dijo otra oración que llamaba de la estrella que empezaba estrella la más linda y bella que en el cielo estás, conjúrote con una, con dos o con tres, o con cuatro, con cinco o con seis, con siete, con ocho con nueve, todas nueve os ayuntéis al valle de Josafá tres varas de ciervo negro me traeréis, por las muelas de Barrabás las afiléis, por la caldera de Pero Botero las pasaréis, una le hincaréis por el sentido que no me eche en olvido, otra por el corazón, que venga a mi afición, otra por la espalda que venga a mis palabras. Y con esta decía esta rea que había de venir el galán, o el padre o la persona que le pedían a la noche, pero nunca llegaban…».

Y ese fue el motivo por el que ellas, como tantas otras mujeres, terminaban denunciando a otras mujeres ante la inquisición. El despecho, asumir que habían sido engañadas, que la hechicería no servía de nada y que sus maridos, probablemente, jamás volverían. Su última esperanza había sido acudir a este tipo de remedios, que nos han dejado una fabulosa colección de dichos, expresiones, oraciones que bien son consideradas por muchos estudiosos como un corpus de poesías populares y no sólo como hechizos ingenuos.

En el proceso a Isabel Bautista aparecen varios ingredientes fundamentales en la preparación de brebajes, pócimas o «filtros», que es como se llamaban. Se ha escrito tanto sobre la procedencia de estos ingredientes que resulta difícil creer que, en su mayoría, se cultivaban de forma natural e incluso se compraban en las mismas boticas que servían para las medicinas naturales o simples en la era previa a la medicina química. Incluso muchas de esas boticas eran gestionadas por instituciones muy poco sospechosas de delinquir o pecar cometiendo actos de hechicería, como era la que se encontraba en los bajos de la Catedral. No eran tanto los ingredientes como las oraciones con las que se «aderezaban», se mezclaban y se daban a beber.

Vecinas y hechiceras en Toledo

A mediados del siglo XVII un grupo de vecinas y amigas fueron pasando una por una ante el tribunal de la inquisición de Toledo. Todas vivían amancebadas, todas conocían conjuros y hechizos que llevaban a cabo cuando se les solicitaba, y todas terminaron delatándose unas a otras. En los alrededores del Pozo Amargo, Catalina de Salinas, María Pérez y otras fueron procesadas por dos de las prácticas más comunes en Toledo: echar la suerte de las habas y de los naipes «para fin y efecto de saber si sus galanes las querían y si las habían de regalar, y que en todas había sucedido bien conforme lo que la dicha María Pérez las decía».

Otra vez más la misma motivación, muchas veces mal entendida por quienes han estudiado el fenómeno de la hechicería, y que esconde una realidad mucho más dramática cuando se atiende a los testimonios de algunas mujeres implicadas: que «fulano o zutano» quisieran a esas mujeres significaba que «fulano o zutano» habían abusado de ellas, les habían dado falsa palabra de matrimonio prometiendo casarse con ellas. Habían tenido sexo antes de casarse y después habían sido repudiadas. Una falta de honor imperdonable en la España de entonces que llevó a miles de mujeres a ser repudiadas por sus familias y amigos, mientras que los hombres que lo cometían no sufrían nada parecido. María recomendaba «ir por un poco de almea a una botica no hablando palabra en todo el camino con persona alguna, y en llegando a la botica habían de hacer una reverencia y decir deme Vuestra Merced un poco de almea, y dar un puñado de cuartos sin contar por ella, y por el camino a la ida ir diciendo: la almea voy a buscar para mi bien, que no para mi mal. Y cuando volviesen habían de decir: la almea traigo, para mi bien y no para mi daño. Y que esta almea hacía la dicha María Pérez unos polvos con otros ingredientes con los cuales se hacía un sahumerio para atraer las voluntades sahumando la casa y a los galanes para que les diesen [para que les hiciesen regalos]. Y antes de hacer los dichos polvos de la almea y traída de la botica la persona que iba a por ella la habían de llevar a cinco o siete iglesias y bautizarla en la pila de cada una de ellas del agua bendita».

Hoy puede resultarnos cómico, pero tenemos que imaginar un Toledo en el que, a diario, muchas mujeres harían este tipo de encargos, paseando avergonzadas y temerosas por las mismas calles que hoy paseamos…

Los mismos ingredientes (almea, agua bendita, espliego, etc.) se siguieron empleando frecuentemente durante los siguientes siglos. María, «pequeña de cuerpo, flaca, morena, ojos encarnizados de edad de más de cincuenta años» fue detenida en su casa por un alguacil acusada de hechicería. Como a todos aquellos que eran detenidos por la inquisición, lo primero que se hacía era incautarle los bienes, y María «dijo que los bienes que tenía eran todos una miseria porque vivía de lo que le daban de limosna».

Ingredientes ¿mágicos?

Otra vez la realidad de las hechiceras, mucho menos mágica de lo que a veces creemos. Sus bienes se limitaban a aquello de lo que se servía para sus conjuros, siempre a medio camino entre lo prohibido y lo permitido, entre la religión y la magia: unas hierbas de mastuerzo debajo de la cama, otras de por San Juan (difícil saber qué hierbas serían de las que crecen en primavera) «que dijo eran de las que se valía para curar algunos enfermos, medio cuerpo [una figura de Cristo] de cartón sin brazos, otro medio cuerpo pequeño de yeso sin brazos, una sarta de bellotas, unas pastas de botica, un poco de sebo y una plancha de cera en que está esculpida una llave».

Estas pastas de botica eran engrudos ya preparados para disolver en agua que María explicó al tribunal, y que a nosotros nos sirven para confirmar cómo superstición permitida y prohibida convivían con total naturalidad. O, dicho de otro modo, cómo la magia era mala en manos de estas mujeres, y buena si estaba mediatizada por clérigos y religiosos. Las pastas eran «pedazos de polvos de cuernos de ciervo cuajados con agua de azahar aderezados en la botica, de donde esta los trajo con receta del Doctor Paredes, médico de esta ciudad, que son para curar la sangre que viene del cuerpo a la boca y se toman con cualquier bebida caliente, y esta lo tenía para curarse a si misma. Y que el sebo es el que se da en el convento de monjas de Santo Domingo el Real para curar los posos de sangre, mezclándolo con albor de la botica y vino tinto, y sahumando al enfermo tres veces con ello como lo tiene declarado».  

María, maestra de hechiceras de un barrio célebre por haber tenido tantas otras, como Ana de la Cruz, había formado también en el oficio a otras mujeres tan miserables y pobres como ella. Pocos días después fue detenida su aprendiz, Claudia, que se fue convirtiendo en maestra en la suerte de los naipes «para fin y efecto de saber si sus galanes las querían y si las habían de regalar, y que en todo las habían sucedido bien conforme». Los conjuros de la maestra eran los mismos que los de Claudia, y seguramente los mismos que los de muchas otras mujeres que por suerte o por miedo jamás fueron denunciadas, con lo que no se generó una documentación que hoy nos permita conocer sus vidas.

Barrios llenos de hechiceras en Toledo

Si hubo un barrio con presencia mayoritaria entre los legajos de procesos inquisitoriales a mujeres toledanas acusadas de hechiceras, ese fue la judería. Especialmente la calle de las Bulas y el barrio de la desaparecida puerta de San Martín. Allí vivía doña Magdalena Ramírez, mujer del alcalde de la ciudad don Fernando Hurtado. Doña Magdalena es un buen ejemplo de lo que venimos tratando líneas atrás y que afectaba por igual a todas las mujeres, sin atención a su esfera económica o social. Desesperada acudió a una hechicera en busca de «algún remedio para que su marido don Fernando fuese de buena condición» y para que no se ausente tan frecuentemente de la ciudad. La hechicera le pidió que reuniese los ingredientes básicos del conjuro: sal, cilantro en grano y una cinta o prenda del marido, y que memorizase una oración que debía repetir sin descanso de 23:00 a 00:00, en su casa, hasta llegar la medianoche y decirla una vez más en la ventana: «Ánimas benditas que en el purgatorio estáis angustiadas y afligidas y llenas de caridad, un don os vengo a traer y otro os vengo a demandar: que os levantéis y os juntéis y el corazón de fulano apretéis, que no le dejéis sosegar ni parar ni en casa, ni en cama estar hasta que venga queriéndome y amándome». Y lo hizo, pero su suerte no cambió, así que acudió despechada a denunciar a la hechicera a la inquisición, que finalmente fue desterrada de Toledo no sin antes ser humillada en un acto de fe público en Madrid, en presencia del rey Felipe IV.

Oraciones milagreras

Son muy conocidas las oraciones a Santa Marta y a Santa Elena, y atendiendo al mapa de las mujeres que las conocían y aconsejaban rezar, parece claro que en su mayoría se empleaban en las inmediaciones del Alcázar y las parroquias de San Miguel, San Justo y San Juan de la Penitencia. Mujeres como María de Pamo, María de Castro y otras recurrían a ellas, cómo no, para intentar ayudar a otras que habían sido abandonadas. A una de ellas, abandonada por su marido Bernardo García, les dijeron que conjurasen a media noche y a escondidas en un aposento de su casa, diciendo «conjúrolo puerta y umbral, que por donde salió Bernardo García vuelva a entrar. Conjúrote Bernardo García con tres almas ahorcadas y tres ahogadas, y tres muertos en pecado mortal tres, que os pongáis en la crisma y cabeza de Bernardo García y no le dejéis comer ni parar, ni reposar, ni con ninguna mujer hablar, hasta que por estas puertas torne a entrar. ¡Elena, Elena!, hija de Rey y Reina por si, la cruz de Cristo buscaste y encontraste clavos la hallaste, el uno en el mar echaste y con el consagraste«. El recurso a Marta y a Elena tiene pleno sentido atendiendo a su historia, pues son presentadas en el relato bíblico como mujeres poderosas. Lo que quizá no tenga ya tanto sentido es seguir recurriendo a ellas en el siglo XXI

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Quienes hemos crecido en los 80 y 90 recordamos bien revistas como Ragazza, Súper Pop o Nuevo Vale. En sus páginas finales se incluían conjuros de todo tipo, buscando una vez más ese amor y ese dinero que no se conseguía por otras vías. En muchos de estos hechizos de «magia blanca», así se llamaban, las combinaciones de oraciones con ingredientes de lo más escatológico era habitual. Nada nuevo, la escatología formaba parte ya de los remedios medievales y modernos

Francisca la hereje

Francisca era vecina de la judería, y vivía en unas casas que formaban parte del solar que hoy ocupa el convento de San Antonio. Fue acusada a mediados del siglo XVI de «hereje apóstata de nuestra santa fe católica, o por lo menos muy sospechosa de ello, hechicera sospechosa, embaucadora, perjura, excomulgada..». Varias mujeres acudieron a su casa y solicitaron sus servicios ya que «una de las cuales le dijo que su marido le daba mala vida. Y la dicha doña Francisca le dijo que no tuviese pena, y le pidió un real y una onza de cera y carbón y cuando tuviese que hacer con su marido le llevase la simiente envuelta en un paño». La simiente del marido no era otra cosa que el semen que esta mujer debía recuperar tras la cópula, mantenerlo y llevarlo a la hechicera. Y así parece que lo hizo, «se lo dio a la dicha doña Francisca, y dijo a aquella persona que volviese otro día. Y cuando volvió otro día la que volvió y le dio todo lo que le había dado y que lo diese a su marido deshecho en vino, y que luego la querría bien su marido». Y lo hizo, como reconoció a la inquisición, lo que nos lleva a imaginar otra asquerosa realidad de aquel Toledo: decenas, centenares de personas que beberían sin ser conscientes pócimas con semen, orín, sangre y tantas otras «simientes». Francisca continuó su conjuro añadiendo distintas oraciones, y «a las doce de la noche se asomó a aquella ventana y vio a la dicha doña Francisca desnuda en cueros con una candela encendida y un libro en las manos y pasaba hojas, y de tanto en tanto miraba al cielo (…) conjuraba al norte, y que el marido de aquella mujer está bueno y tenía voluntad de venir sino que no podrá por cierto embarazo que tenía de partición de hacienda».

La realidad es que el marido nunca volvió, y la clienta, despechada y avergonzada, acudió a denunciar a Francisca ante la inquisición.

El semen como ingrediente de los conjuros

Pero centrémonos en la simiente, parte habitual de la bebida que muchos toledanos y toledanas bebieron durante siglos, pues también en algunos casos era dado a beber a algunas mujeres. Son mucho menores en número los casos de hombres que acuden a solicitar los servicios a una hechicera, pero los hubo. Ese fue el caso de Gregorio, un comerciante que vivía en la calle de Santa Justa, que solicitó a Inés, una vecina suya, viuda y pobre, que le echase una mano para conseguir que una mujer le quisiera. Exactamente le pidió «que le diesen algún remedio para que la dicha mujer le quisiese bien, porque había oído decir que las susodichas eran hechiceras». Inés y una amiga le tranquilizaron y le dijeron que se encargarían, y que para ello le tocaba masturbarse en casa y que luego «tomase de la simiente natural suya y lo echase en un poco de vino, y lo diese a beber» a la mujer que quería que le quisiera, diciendo: «así como esto es salido de mis pulmones, así te mueras por mis amores. Y que de esta suerte le querría bien la dicha mujer». Pero el conjuro no funcionó, o quizá nunca llegó a ponerlo en práctica, y acudió a denunciar a Inés y a su compañera a la inquisición. E Inés fue desterrada de Toledo, como otras tantos centenares de mujeres, depositarias de un saber botánico y «mágico» que no dejó de perseguirse hasta el siglo XIX.

Transgresión hechiceril

Conocido todo esto es lógico hacerse una pregunta: ¿qué llevaba a estas mujeres a introducirse en un campo en el que sabían que iban a enfrentarse a la inquisición? La respuesta va más allá de la pura supervivencia, que sin duda era su principal motivación. Estas «brujas» o «hechiceras» buscaban -y a veces conseguían- una libertad y una autonomía difícilmente alcanzable en la vida cotidiana. Transgredir significaba no recluirse en el hogar, limitándose a la procreación y a la obediencia. Educadas para el matrimonio, su vida pasaba del sometimiento al padre al sometimiento al marido. Y para eso estaba el Colegio de Doncellas, destinado a formar buenas madres y esposas. Eran cristianas, sí, pero heterodoxas. Eran mujeres que vivían en el seno de la Iglesia pero cuyas prácticas estaban al margen de lo establecido por la jerarquía eclesiástica, rompiendo los hábitos que marcaba y pautaba de forma estricta esa jerarquía masculina.

En definitiva, fueron definidas por hombres y estigmatizadas por hombres. A medida que el saber fue patrimonializado por los hombres y negado a las mujeres, los conocimientos científicos y las prácticas religiosas que ellas practicaban fueron también ninguneados y perseguidos. Porque al final todo dependía no tanto de quién lo practicaba como de quién lo dirigía. Y mientras la hechicería era un fenómeno popular pero básicamente empleado por y para mujeres, los milagros formaban parte de la tradición cristiana y eran llevados a cabo por hombres, sobre todo, y algunas mujeres virtuosas. Y nadie hablaba de magia ni de hechicería en estos casos, sino de milagros, resultando hoy difícil entrever la línea que diferenciaba una y otra cosa.

Sólo el uso que se hacía de ello es la clave para entender la realidad social y las persecuciones de miles de mujeres acusadas de practicar la hechicería. No hay más que ver la veneración que se tenía y se tiene a los relicarios que, desde la Catedral a los conventos, llenan salas enteras con trozos de huesos, botes de sangre, pedazos de tela, etc., de santos, santas y mártires cristianos (algunos más que dudosos).

Relicario de San Luis de Francia. Catedral de Toledo
Relicario de San Luis de Francia. Catedral de Toledo

Felipe Próspero de Austria

Un caso que siempre me llamó la atención es el del pequeño Felipe Próspero, el penúltimo hijo varón de un rey anciano, Felipe IV. El niño era entonces la esperanza de salvación de una monarquía cuyo rey estaba cerca de su final y no tenía más descendencia masculina que el pequeño Felipe. De su supervivencia dependía también la continuidad de la Monarquía, y Velázquez lo pintó no tanto con atributos reales como mágicos, envuelto en reliquias y amuletos de todo tipo. ¿Alguien procesó al rey o a alguien de su corte por llenar de objetos supersticiosos al infante? No, nunca, sencillamente porque el contexto era distinto. El rey tenía astrólogos, no brujos, y la apuesta por la supervivencia del infante implicaba que la Iglesia también validase cualquier medida para garantizarle la salud, aunque fuesen estas medidas las mismas que perseguían en la calle si las ponían en práctica toledanas como María, Isabel, Francisca o Claudia.

La Venerable Infanta Sancha

Porque en las calles de Toledo se practicaba la hechicería supersticiosa y prohibida, la popular, pero a la vez podía exponerse y promoverse otro tipo de supersticiones legales, aprobadas, controladas y promovidas desde arriba. Ese fue el caso, por ejemplo, del proceso de beatificación de la Venerable Infanta Sancha, un nombre fundamental en la historia de las Comendadoras de Santiago. Cuando a comienzos del siglo XVII durante el reinado de Felipe III comenzó a promoverse su beatificación, el cuerpo incorrupto de la Venerable fue expuesto durante días en la actual calle Armas, muy cerca de la plaza de Zocodover, a las puertas del convento de las Comendadoras.

Doña Sancha Alfonso
Venerable Infanta Sancha Alfonso, en la actualidad.

Se necesitaban pruebas de santidad, milagros que pudiesen atribuirse en vida o tras la muerte de la persona a beatificar, para conseguir el objetivo. En el otoño de 1617 la Venerable Sancha fue expuesta al público, y su cuerpo incorrupto operó su propia magia. Decenas de personas que tocaron, miraron, se encomendaron o rezaron a la venerable fueron milagrosamente curadas de todas sus dolencias. Varios jueces dejaron escritos los testimonios de estos toledanos para incluirlos en el proceso de beatificación, esperando que cuando se presentasen las pruebas en Roma resultase incontestable la beatitud de la infanta, doña Sancha Alfonso. Es especialmente interesante uno de estos testigos, por varios motivos. El día 11 de noviembre de aquel año un barbero y cirujano, Juan Pantoja, que vivía aquejado de fiebres recurrentes desde hacía tiempo, se acercó a encomendarse a la Venerable Sancha. Juan había estudiado, no era analfabeto, y había probado todo tipo de medicinas y de prácticas médicas que, básicamente, se limitaban a sangrar a los enfermos, a rajarles en las piernas o los brazos para que perdiesen sangre que creían infectada y generasen sangre sana. Ese era el nivel de la medicina de entonces, y conociéndolo se entiende que su ineficacia llevase a miles de personas a acudir a la hechicería, a la botánica tradicional. Incluso a cirujanos como Juan, que vivían de ello.

Juan era vecino de la Magdalena y tras meses purgándose «quedó peor y con más recios temblores. Y yendo prosiguiendo con su mal acordó de encomendarse a la dicha Santa Infanta y pidió una de sus reliquias y le dieron unos polvos del serrín del ataúd donde estuvo enterrado el cuerpo de la dicha santa muchos años». Juan no fue a una botica ni a casa de una hechicera, sino que solicitó unos ingredientes que algún clérigo, quién sabe si alguna monja Comendadora, le facilitaron polvo de serrín del ataúd donde estaba enterrada la Venerable. Cuando Juan volvía a sentirse indispuesto, «un día habiéndole comenzado a venir el frío con grandes temblores, se echó en la cama y encomendándose a la dicha santa infanta tomó los dichos polvos cuando le apretaba más el frío en un poco de agua, y lo bebió». Juan, el cirujano que no confiaba en la medicina tradicional, preparó una pócima del mismo modo que lo hacían las hechiceras, hirviendo en agua los polvos de serrín del ataúd de la Venerable. Lo bebió, esperó, y contó cómo «luego al punto como los tomó se le quitó el frío y no pasó adelante como solía durarle más de dos horas, ni le sobrevino la calentura, y se sintió luego bueno y sano del dicho frío y calenturas sin quedar con accidente alguno, como si nunca las hubiera tenido, y que a otro día se levantó sano y bueno y con muy grande admiración del milagro que por tal se tiene por haber padecido tanto».

Cuesta creer que Juan sanase bebiendo una infusión de serrín del ataúd donde estaba enterrada una persona, pero así lo relató y poco más podemos decir. aunque estaba imitando paso a paso el camino que muchas mujeres seguían al solicitar servicios a una hechicera, Juan no sólo no estaba cometiendo un delito o un pecado, sino que pasaba a formar parte del elenco de testigos válidos para servir a la beatificación de la Venerable Sancha. Y no sólo Juan, también su hijo, aquejado de piedras en el riñón, que también sanó de la misma manera, y decenas de toledanos más que acudieron en las primeras semanas de noviembre de 1617 a rezar y oír rezar oraciones, a beber pócimas y a confiar en la intervención sobrenatural de otra persona. Ninguno de ellos recibió jamás la atención ni el interés del Santo Oficio, demasiado preocupado en vigilar a otras mujeres que luchaban en la judería, en Pozo Amargo, en los beaterios de Santa Leocadia y Santa María la Blanca, transgrediendo los cánones de la época e intentando sobrevivir en un Toledo que nos sigue resultando difícil de asumir y de entender.

¿Dónde escribían conjuros en el siglo XVI, en Toledo? En las tetas de las mujeres. Descubre historias de hechiceras toledanas, su vida y sus conjuros. Por Felipe Vidales @infotulaytula doctor en Historia.
El semen, ingrediente habitual en los hechizos y conjuros toledanos. ¿Quieres saber más? Por Felipe Vidales @infotulaytula doctor en Historia.

Texto 27/07/19: Felipe Vidales. Doctor en Historia Moderna y Guía turístico.

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