Cueva en San MiguelGrandes tesoros oculta Toledo en sus entrañas. Según la tradición, protegidos por fieros animales y grandes estatuas, y aquél que ose enfrentarse a ellas terminará allí sus días, como podemos leer en esta conocida leyenda, relacionada con la mítica “Cueva de Hércules”.

Magdalena y Pablo eran dos jóvenes enamorados de Toledo, y como tantos otros pensaban constantemente en permanecer juntos, casarse y formar una familia. En aquella época, en la que la escasez era reinante en toda Castilla, la boda de una hija era vista como un “buen negocio”, por lo que el padre no autorizaba su casamiento ya que pensaba que Pablo tenía poco que ofrecer como dote.

El padre de Magdalena ya tenía bien planeado el matrimonio de su guapa hija con un hombre ya entrado en años y acaudalado, un rico comerciante de la ciudad que había enviudado recientemente.

Sin embargo, y tras las súplicas de su hija, decidió dar una oportunidad a Pablo, proponiéndole, y creyendo que jamás lo conseguiría, que si en unos días conseguía igualar o superar la fortuna del comerciante, Magdalena sería suya.

Cueva en San MiguelPasaron dos días y los enamorados lloraban amargamente, pues no encontraban solución alguna a su problema. Pablo paseaba por las estrechas y oscuras calles de Toledo en una noche de niebla, en pleno invierno, tras hablar y llorar un rato con su pretendida, sin encontrar solución, cuando llegando a la iglesia de San Ginés creyó saber qué hacer… Corrió hasta la casa de su amada y se despidió diciéndole que si no volvía supiera que sólo a ella había querido y no había en la tierra otra mujer para él.

Al rato Pablo empujaba la robusta puerta de la iglesia de San Ginés, bajo cuya superficie estaba la nefanda “cueva de Hércules”, según había oído múltiples veces a su abuelo narrar, y que según las leyendas, ocultaba oro e inmensas riquezas que le posibilitarían la boda con su amada.

Atravesó las oscuras naves de la iglesia, tan sólo iluminadas por velas y con un intenso olor a incienso, y tras empujar una pequeña puerta situada tras un pilar ajado por el tiempo y que bien podría haber pertenecido a una vieja basílica romana, penetró en la oscura cueva portando una de las velas cogidas de la iglesia. Recorrido un largo trecho de escalones, que bajaban hasta la negrura más infinita, y tras sortear algunos derrumbes y grandes arcos de medio punto de sillares graníticos, se internó en lo que parecía un pasadizo sin fin, negro, angosto, y tras varias horas de interminable caminata, cada vez más encorvado, sus fuerzas empezaron a flaquearle por la ausencia de oxígeno y por un terrible olor nauseabundo que parecía provenir del final del túnel, que aún no alcanzaba a ver. Al poco tiempo, lo único que pudo sentir fue cómo su cuerpo daba con el duro suelo por el que caminaba…

A esto siguió un silencio mortal y después un grito de agonía.

Relieves visigodos en San Ginés

Foto de los relieves Visigóticos en la fachada de la ya desaparecida Iglesia de San Ginés por Eduardoasb en Flickr.com

A las doce de la noche de ese mismo día, delante de la casa de Magdalena se detenía la figura de un hombre joven que, llamando intensamente a la puerta, preguntó por el dueño y pretextando un asunto importante y urgente le ordenó que le acompañara.

El padre de la muchacha, sorprendido por tal impertinencia, increpó al hombre, exigiéndole que se identificara, pues tapaba su cara con una capa.

– No te importa quien soy. Tan sólo ¡sígueme! Ordenó el desconocido.

Más por curiosidad y movido como por un resorte mágico, sin fuerzas para oponerse a tal mandato, el padre de la joven acompañó al hombre por las calles tenebrosas de Toledo.

Cuando llegaron a San Ginés, el viejo murmuró: ¡La Cueva de Hércules! ¿Qué quieres de mí?

Cueva de Hércules

El hombre contestó entonces: Soy Pablo, a quien tu intransigencia y avaricia ha perdido, ya que buscando el tesoro que decían encerraba esta cueva, el cual necesitaba para casarme con tu hija, según tus exigencias, he encontrado la muerte.

He vuelto para venir a buscarte con el fin de que aquí entres y vivas sin morir, sufriendo peor castigo que en los infiernos.

El viejo, viendo espantado cómo la figura del joven se confundía con la niebla que había en la puerta de la iglesia, suplicó clemencia, a lo que Pablo respondió:

Tu pasión fue el oro, entra, aquí tienes suficiente. Y dándole un fuerte empujón el hombre atravesó la puerta de la iglesia y se encontró en la cueva, de la que jamás volvió a salir.

Muchos comentaron en Toledo los días siguientes la desaparición del joven Pablo y del padre de Magdalena, pero nadie supo dar explicación alguna y sus cuerpos no fueron hallados. El tiempo todo lo borra y todos olvidaron a los dos hombres, hasta que un buen día, un chaval que corría huyendo de los azotes de su amo accedió a la iglesia de San Ginés y encontró la puerta que daba acceso a la Cueva de Hércules.

Pensando sólo en el miedo al látigo de su amo, el muchacho avanzó por un estrecho y oscuro pasaje y cuando se dio cuenta no sabía volver. Continuó y halló otra galería que siguió, y tras un largo caminar, pasando por grandes habitáculos, se encontró con una salida que daba al campo, cerca de la Finca de Higares, en el término de Mocejón.

Volvió a Toledo y contó lo sucedido y cómo en su caminar por la cueva se encontró con un gran tesoro vigilado por un animal desconocido y terrible. Vio también restos humanos cerca del animal de aquellos que habían osado desafiarle para conseguir el tesoro, pero él no quiso acercarse y siguió huyendo. En otra estancia vio cómo una gigantesca estatua de bronce daba terribles golpes sobre un yunque a una barra de oro, y pudo distinguir que estaba en una gran bóveda en la que pudo identificar unos grandes pilares que se perdían en el techo. También allí pudo ver cómo dos hombres, insignificantes al lado de la estatua, que por la descripción eran Pablo y el padre de Magdalena, daban vueltas y más vueltas sin desviar su mirada del oro allí almacenado.

Cuenta la leyenda, que tras contar estas terribles historias, el chico desfalleció y murió al poco rato.

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