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El Milagro de Santa María. Leyenda de la Catedral de Toledo

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Más que una leyenda se trata de la extensa narración de un milagro inspirado por la Cantiga LXIX de Alfonso X el Sabio, realizado mediante la imagen de la Virgen de la Antigua, venerada en la Catedral en esa misma capilla y escrito en 1917 por Juan García Criado en la Revista de Arte Toledo.

Alzase arrogante y majestuosa, con sus esbeltas agujas y sus calados rosetones, la gigantesca fábrica de la Catedral de Toledo, cuyas obras inauguraron con la mayor solemnidad, el día 14 de Agosto de 1227, el Santo Rey Fernando III y el Arzobispo D. Rodrigo, sobre el terreno que ocupara el antiguo templo consagrado a la Virgen María después de la conversión de Recaredo, y aún puede recrearse el curioso en contemplar pocas pero muy valiosas reliquias de la iglesia de los godos.

Entre estos contados objetos de arqueología cristiana, testigos de la piedad de muchas generaciones, merece especial mención la imagen labrada en piedra de Nuestra Señora de la Antigua, que se venera en la capilla de su nombre, inmediata á la del Baptisterio, entre las dos puertas de la Catedral que comunican con el claustro (1).

He aquí cómo se expresa el ilustrado autor de Toledo en la Mano al describir las esculturas del retablo de la citada capilla: «La principal está en el nicho preferente y es una imagen de Nuestra Señora, que titulan de la Antigua, es decir, de la antigua iglesia; pues se tiene tradicionalmente como inconcuso que esta efigie se veneró ya en la primitiva catedral en tiempo de los godos, y que escondida por ellos al apoderarse los sarracenos de Toledo, apareció milagrosamente en un pozo ó bóveda, que había allí cerca de donde ahora está situada esta capilla, algunos años después de su reconquista por D. Alonso VI.

Está sentada la Señora y tiene asido sobre sus rodillas al Niño Dios, que con ambas manos presenta a los que le miran una tarjeta o pergamino desarrollado y en el que se perciben algunas letras que parecen componer las palabras venite et orate. La peana en que asienta la imagen está rodeada de ángeles con instrumentos músicos. A sus dos lados se contemplan las figuras de D. Gutierre de Cárdenas, Comendador mayor de León en la orden de Santiago, y de su mujer D.ª Teresa Enríquez, que fue la fundadora de la Parroquia Colegiata del Santísimo Sacramento y el Convento de Franciscanos de Torrijos, ofreciendo a la Virgen aquél a su hijo y ésta a su hija, cuyas estatuas tiene cada uno delante de sí.

Independientemente de su aparición en un pozo después de la conquista de la ciudad, en lo que se hallan conformes todos los escritores toledanos, la tradición atribuye un hecho milagroso a esta antiquísima imagen de la Virgen, ante la cual se bendecían las banderas del ejército cristiano cuando salía a pelear contra los sectarios del Profeta (2).

Corría el año 1150 del nacimiento del Mesías y reinaba a la sazón Alfonso VII, conocido en la historia por el Emperador, en atención a haber sido coronado como tal por acuerdo de las Cortes de León y del Papa Inocencio II, a semejanza de los soberanos de Alemania; uno de los monarcas más distinguidos que empuñaron el cetro de Castilla, a quien debe Toledo el título de imperial y el blasón heráldico de sus armas.

Hallábase el Rey en esta ciudad, rodeado de Obispos, abades, caballeros. Procuradores de las ciudades y villas y de un formidable ejército que, siendo insuficiente el recinto amurallado para alojarle, se derramaba por toda la vega.

Los aprestos militares y el aprovisionamiento de aquella numerosísima hueste embargaban la atención de los toledanos. Discurrían por calles y plazas los soldados deseosos de medir sus armas con las de los eternos enemigos de su Dios y de su patria; cruzábanse de una parte a otra los jefes superiores de la milicia que querían enterarse por sí mismos del fiel y exacto cumplimiento de las órdenes del Rey; oíase a cada instante el sonido de los bélicos instrumentos y todo anunciaba la próxima salida de una expedición contra los almohades, raza feroz de los árabes africanos que acababa de pasar el Estrecho esparciéndose como bando de langostas sobre las provincias andaluzas con el intento de exterminar el nombre cristiano, apoderarse de Córdoba que, aunque había dejado de ser la capital del imperio musulmán con la caída del Califato, conservaba aún la primacía religiosa debida a su mezquita, y expulsar, en fin, del territorio español a los almorávides.

En el orden religioso habíase reproducido, sin saber cómo, la añeja cuestión de los ritos romano y mozárabe, -que tan hondamente preocupó a los habitantes de Toledo en el reinado anterior, y en tal proporción se iban enardeciendo otra vez los ánimos, con notorio peligro de la tranquilidad pública y de la paz de las conciencias, que el Papa Eugenio III se vio obligado a imponer silencio a los obstinados defensores de la liturgia gótica.

Entre los que seguían al Rey venía un monje amigo del Conde D. Ponce de Minerva, Mayordomo y valido de Alfonso VII, y con el monje un hermano suyo sordomudo, que se llamaba Pedro de Solarana.

Aconteció que yendo a entrar en la iglesia el sordomudo a la hora de la madrugada del viernes 21 de Abril, infraoctavo de la Pascua (3), fue sorprendido por una gran claridad que vio resplandecer dentro del templo, haciéndole exclamar con el corazón, ya que no podía hacerlo con los labios: “¿Me mirará Dios por ventura? Este resplandor no es obra del poder del hombre.”

Continuó avanzando y su sorpresa se convirtió en asombro al distinguir a una doncella hermosísima de aspecto y color más bellos que la nieve y la grana, postrada ante el altar de la Virgen María, en el cual celebraba en aquel momento un sacerdote el Santo Sacrificio de la Misa según el rito romano (4).

Hízole señas la doncella que se acertase al Preste postrándose ante él de hinojos, y al llegar al pie del altar, observó, entre admirado y confuso, que la imagen bendita de la Virgen indicaba también al celebrante, de manera muy expresiva, que tocara y pusiera sus manos sobre el recién venido.

Aquello no era un sueño, no era tampoco una ilusión de su mente acalorada, era un hecho real, efectivo, tangible, que se desarrollaba al alcance de sus sentidos y no le quedaba más recurso que rendirse a la evidencia.

Profundas e inexplicables emociones se enseñorearon de su espíritu, que comenzaba a flaquear visiblemente, y elevando los ojos al cielo pedía fuerzas para resistirlas.

Obedeciendo sin darse cuenta de ello el Ministro del Altísimo a tan maravillosas insinuaciones, volvióse de espaldas al altar como si fuera a bendecir a los fieles, acercóse a Pedro de Solarana, que esperaba rodilla en tierra el desenlace de aquel misterioso suceso, y le introdujo el dedo índice de la mano derecha en el aparato auditivo hasta conseguir extraerle un gusano parecido á los de la seda, mas no liso velloso y lanudo como oveja, con lo que recobró el oído y se fue corriendo a la posada a dar cuenta a su hermano del prodigio.

Con la velocidad del rayo partió también el monje entusiasmado en busca de Ponce de Minerva, y al penetrar en la estancia de este ilustre magnate le dijo sin poder dominar la agitación: «Conde, no sé qué yerba es esa que ha hecho que Pedro oiga y su oreja no esté ya dura», a lo que replicó el mayordomo del Rey procurando calmar a su “interlocutor y amigo:

«Si asi es, antójáseme que el Doctor que le ha dado esa medicina, por fuerza será un graduado en Medicina o en Salerno del reino de las dos Sicilias» (5).

Poco después, pero en la misma mañana, salió Pedro de su alojamiento a buscar algunas provisiones para los dos hermanos, y a su regreso, que se verificó muy en breve, pasó por delante de la puerta llamada en aquel tiempo de la Oliva, nombre tomado de uno de estos árboles que se encontraba cerca, de los Carretones más tarde, porque entraban y salían por ella los carros y caballerías cargados de materiales mientras duraron las obras de la Catedral, y Puerta Llana en el día.

Llegada a la Puerta Llana de la Catedral de Toledo del Cristo de la Vega. Semana Santa 2018
Llegada a la Puerta Llana de la Catedral de Toledo del Cristo de la Vega. Semana Santa 2018

Abstraído como iba en sus meditaciones sobre el prodigio de que acababa de ser objeto, no reparó en un clérigo de hábito talar que caminaba en la misma dirección: fijo su pensamiento en una sola idea, aceleraba el paso para llegar cuanto antes al punto a que se dirigía, como si sintiera retardar el instante de entregarse sin estorbos al recuerdo de todo lo pasado.

Llamóle la atención, no obstante, por lo extraordinario de su porte, un anciano venerable que vio venir hacia sí, de mirada expresiva y luenga barba blanca como el armiño, el cual, sin dar tiempo a Solarana para impedirlo, se apoderó de su persona con marcado apresuramiento y le hizo entrar en la iglesia conduciéndole hasta el altar de Santa María.

Hallábase allí un Sacerdote revestido de alba y estola, el mismo que algunos momentos antes había celebrado el incruento sacrificio, y la estatua de la Virgen, reanimándose de nuevo, intimóle al punto que quien había quitado la sordera a aquel desdichado, le sanase también de la mudez, para que pudiera usar libremente del hermoso don de la palabra y gritar y decir algo más que ana, único sonido que el hermano del cenobita había logrado articular hasta entonces.

Hecha la intimación, el elegido para instrumento de la voluntad omnipotente de Dios y de su Santísima Madre, después de invocar tan augustos nombres, soltó la trabada lengua y restituyó el habla a Pedro de Solarana, y no sabiendo éste como agradecer tal beneficio, prorrumpió en desaforadas voces, que el eco repetía bajo las bóvedas del sagrado templo, y henchido de gozo:

“Madre de Dios, ayuda a tu siervo, que ha conocido tu gracia.”

PIZARRO Y LIBRADO, CECILIO. Imagen de la Virgen de la Antigua en su capilla de la Catedral de Toledo. 1840 - 1847. Aguada, Albayalde, Pluma, Preparado a lápiz, Tinta parda sobre papel verjurado, 212 x 307 mm. No expuesto. Fuente: Museo Nacional del Prado.
PIZARRO Y LIBRADO, CECILIO. Imagen de la Virgen de la Antigua en su capilla de la Catedral de Toledo. 1840 – 1847. Aguada, Albayalde, Pluma, Preparado a lápiz, Tinta parda sobre papel verjurado, 212 x 307 mm. No expuesto. Fuente: Museo Nacional del Prado.

¡Milagro! ¡Milagro! salieron gritando los testigos presenciales y la noticia corrió de boca en boca propagándose por toda la ciudad con vertiginosa rapidez.

Antes de media hora encontrábanse reunidos en la Catedral muchos Prelados y altos dignatarios de la corte y de la milicia, los soldados que transitaban a aquella hora por las calles, el monje con sus amigos y deudos e infinidad de vecinos, siendo tan grande la multitud de gentes que acudió al Templo, que ni cabían dentro de él, ni en la quintana o plaza delantera.

Muchos hebreos y sarracenos, testigos del prodigio, abrazaron la fe cristiana, y todos, poseídos del más ferviente entusiasmo, dieron loores a la Virgen cantando en armonioso concierto:

«Santa María os enfermos sana,
e os sanos tira de via vana.» (6).

Los padres del sordo mudo, oriundos de Solarana, villa de la provincia de Burgos, fueron citados para declarar en la información testifical que se abrió por ante Notario, de orden del mismo Rey, con el objeto de comprobar la verdad de lo acaecido, como se deduce de las siguientes palabras de un códice de la Biblioteca Nacional, citado y registrado por el P. Fita:

Presentibus parentibus el consanguineís nolis et amicis et viciáis, veredicis testimoniis comprobatam per regem et primatem, pluriumque prelatorum, y no se omitió medio ni diligencia antes de proclamar la autenticidad del hecho milagroso.

El resultado de esta amplia información hízose público y notorio en todos los rincones de la Península, contribuyendo a aumentar de día en día la devoción a Nuestra Señora de la Antigua, hasta tal punto que hubo necesidad de habilitar otros altares próximos al en que se halla la imagen, después de abierto al culto el nuevo Templo, para que pudieran decirse todas las misas encargadas por los fieles, habiendo excedido su número en algún año de cinco mil.

La primera parte del milagro de Santa María, que se realizó durante la Misa latina en momentos de ardiente y apasionada discusión, cuando se agitaban de nuevo con el mismo calor que antes las antiguas cuestiones litúrgicas revistiendo esta disputa sin igual los caracteres de un verdadero conflicto, más temible acaso que el primero, fue por todos considerada como signo evidente de la voluntad del cielo, como demostración cumplidísima de la preferencia que debía darse en la celebración de los divinos oficios al rito gregoriano o romano, sobre el gótico o mozárabe, y puso término para siempre, mejor que la bula de Eugenio III, a la tenacidad de los toledanos.


(1) Proceden de la primitiva iglesia: la lápida conmemorativa de la consagración del templo, la piedra en que puso los pies María Santísima al echar la casulla á San Ildefonso y las tres imágenes de Nuestra Señora del Sagrario, de la Antigua y la Blanca, que está en el coro.

(2) Refiérese este prodigio con la galanura peculiar de la naciente habla castellana en la Cántiga LXIX del Rey D. Alfonso el Sabio, fragmento preciosísimo de un verdadero monumento literario, cuyas fuentes históricas ha desentrañado con admirable lucidez el P. Fidel Fita, de la Compañía de Jesús, en los cuadernos I-III, tomo XV, del Boletín de la Real Academia de la Historia.

(3) Citase esta fecha, según atestigua el docto comentador en un códice manuscrito que se conserva en el archivo de la Catedral, y efectivamente, el 21 de Abril de 1150 fue viernes de la semana de Pascua florida.

(4) Sabido es que el rito romano imperaba por entonces en la Catedral y en las parroquias latinas, y era, por decirlo así, el rezo oficial, pero continuaba en observancia el antiguo rito gótico, por ceder á las exigencias populares, en las parroquias de Santa Justa, San Marcos, Santa Eulalia, San Sebastián, San Torcuato y San Lucas.

(5) Alusión á las renombradas escuelas de Medicina de aquellas dos ciudades.

(6) «Santa María sana a los enfermos; y á los sanos saca del camino de la vanidad.»

Nota: Varias leyendas hay sobre esta capilla de la Virgen de la Antigua y este lugar en concreto de la Catedral. Aquí se dice que era donde se bendecían los estandartes de guerra que llevarían los ejércitos a pelear contra moros.

Texto: Juan García Criado. Toledo, revista de arte. Números 75 (15/6/1917) y 76 (30/6/1917)

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Juan Luis Alonsohttps://www.leyendasdetoledo.com
Editor y creador de "Leyendas de Toledo". Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Socio de la empresa Rutas de Toledo y Guía Oficial de Turismo.

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