Roseton Catedral Toledo

La Catedral de Toledo… Cientos de leyendas, secretos y curiosidades entre sus muros. Hoy traemos una nueva, creada por Juan Álvarez, que sigue compartiendo con nosotros las leyendas que su abuelo le narraba de niño. 

 – Hoy es domingo, Juanito, iremos a misa a la catedral.

– ¡Qué rollo abuelo! En la catedral las misas duran una eternidad –proteste aún a sabiendas de que no conseguiría hacer cambiar de opinión a mi abuelo-
– Depende del cura. Pero ya sabes que ir a misa los domingos es un precepto que se debe guardar. Además, quizás, tengas un premio si te portas bien. -dijo mi abuelo para animarme-
– ¿Una historia…?
– O dos, quien sabe…..en la catedral sucedieron muchos cuentos y leyendas….
– Si, -afirmé rotundamente- en el libro que me dejastes ya he leído alguna.
– ¿Recuerdas de quién? – inquirió mi abuelo-
– ¡Huy! De un poeta con un nombre muy raro… Bec…
– Gustavo Adolfo Bécquer
– Si, abuelo…… de ese tal Bécquer.
– Uno de los poetas más importantes del romanticismo español. Pero bueno, no es de él de quién te voy a contar una historia pero si de la Virgen que él describe en su leyenda.

Ya, en la catedral, y después de oír la Santa Misa en la capilla de San Pedro, seguí a mi abuelo a ver donde me llevaba para contarme la historia pues, ¡me había portado muy bien en la misa! Cruzamos por delante del altar mayor y mi abuelo se paró ante un grandioso fresco de más de diez metros de altura que representaba a San Cristóbal con el Niño Jesús sobre su espalda.

San Cristóbal Catedral de Toledo– ¿Te has dado cuenta, Juanito, como son de grandes las puertas de esta catedral? –me interrogó mi abuelo aunque yo ya intuía por donde iba su pregunta-
– Si abuelo, ¿no me irás a preguntar por cuál de ellas entró San Cristobalón en la catedral?
– Pues…. si –dijo mi abuelo dudando-
– ¡Que no soy un bebé y sé que entró en botes de pintura –le dije a mi abuelo algo ofendido-
– Y… ¡por qué sabías que esa era la pregunta que te iba a hacer?
– Porque esa misma pregunta me la hizo papá por primera vez….
– ¿Y…?
– Que esa vez si me engañó papá pero, también me avisó de que si venía contigo a la catedral, tuviera cuidado porque me harías esa misma pregunta.
– Bueno, bueno –dijo mi abuelo con un tono algo contrariado- Yo, en realidad, lo que te iba a pedir, es que miraras con atención la pintura y encontraras los ocho peces que hay pintados a los pies del santo.
– ¡Ocho peces! A ver si los encuentro

Lógicamente, no logré encontrarlos. Más tarde, mi abuela María me contaría que, en realidad, en la pintura solo aparecen siete peces que representan los siete pecados capitales que quieren devorar al Niño y San Cristóbal le protege. Todo había sido una broma de mi abuelo por haberle fastidiado la típica pregunta de ¿cómo entró San Cristobalón en la catedral?

Dejamos atrás el fresco de San Cristóbal y continuamos andando hacia la girola de la catedral. Por fin llegamos a la capilla de San Ildefonso, patrón de la ciudad, el de la casulla de la Virgen, historia que todo buen toledano debe conocer y, que a pesar de mi insistencia, mi abuelo volvió a contármela y yo omito el reflejarla en estas historias (quizás más adelante….)
Pues bien, en uno de estos grandiosos pilares, palmeras de piedra como los definió Vicente Blasco Ibáñez, hay un pequeño retablito de madera que representa la última Cena y, debajo de este retablito, hay un pequeño agujero protegido por una rejilla de hierro.

– Espera que te aupo y mete tus dedos por entre las rejas… ¿qué tocas?
– No sé abuelito….algo duro como……
– ¿Huesos?
– Si, puede ser, desde luego restos de piedra no es porque es liso y suave.
– ¿Suave? –se extrañó mi abuelo- tócala un poquito mejor.
– Bueno, algo…. ¿rugoso?
– Eso ya está mejor y, como te has portado muy bien en la misa voy a contarte la historia de….. ¿esos huesos?

“Corría el primer tercio del siglo XIII….
– Abuelito…
– Si, ya sé que me vas a preguntar, digamos que alrededor del año 1233
– Me quedo igual pero sigue.
… Cuando un noble toledano mandó llamar a sus dos hijos…
– Hijos míos, os he mandado llamar porque me siento mayor y sé que no tardaré en rendir cuantas a Dios, Nuestro Señor. Tú, Alonso, que eres mi primogénito, heredarás mi apellido y mi señorío con todos sus bienes.
– Gracias, padre y señor –contestó amablemente Alonso, el mayor de los hermanos-
– Tú Ferrán, como segundón, no tienes derecho a ninguna parte de mi fortuna y tendrás que demostrar tu valía con algún acto de valor, piedad, generosidad… hidalguía, en una palabra. Si lo consiguieras, tu hermano te pagará como parte de mi fortuna, un sueldo de quinientos maravedíes al año con lo que podrás vivir cómodamente sin pasar estrecheces.
– Lo que vos ordenéis

A los pocos días, los dos hermanos se despedían a las sombras de la nueva catedral que, lentamente, iba surgiendo en el interior de nuestra ciudad.
– No sé el tiempo que estaré fuera de Toledo –comentaba Ferrán a su hermano Alonso- quizás no vuelva nunca.
– ¿Estas enfadado con padre?
– No, que va, sé que la historia y la tradición mandan en estos tiempos… –Ferrán mirando los primeros muros que se estaban construyendo de la nueva catedral continuo hablando a su hermano- El destino es muy caprichoso, pero me gustaría que, algún día, mis restos descansaran en alguna capilla de esta catedral.
– Sabes que nuestra familia va a financiar alguna de ellas, yo intentaré que se cumpla tu deseo si no vuelves a Toledo pero, dime, ¿donde piensas ir? ¿cuál de los nobles actos que te ha recomendado padre piensas realizar?
-No sé. A guerrear a tierra de moros. Quizás de peregrino a los Santos lugares. A lo mejor dejo que sea mi caballo quien dirija mi destino…

Los dos hermanos se despidieron dándose un efusivo abrazo. Palestina fue el lugar elegido por Ferrán para cumplir con los deseos de su padre y, como devoto peregrino, comenzó su viaje. Atravesó mares, valles y montañas. Vivió una mil aventuras siempre protegiendo al débil y respetando la justicia. Por fin, un día, nuestro bravo Ferrán se encontraba en un desierto próximo a Tierra Santa. A pesar de la proximidad al fin de su destino, las fuerzas le empezaron a flaquear, solo y perdido, muerto de hambre y de sed, nuestro caballero creyó que había llegado el momento de su muerte sin haber podido cumplir su objetivo de llegar a Jerusalén y rezar ante el Santo Sepulcro.

De repente, como si fuera un sueño o una ilusión, Ferrán vio la figura de una persona que se inclinaba ante él y le ofrecía agua de su calabaza. Ferrán bebió con moderación y quiso devolver la calabaza a aquel personaje que, sin duda, era otro peregrino como él.

– Me llamo Santiago, y soy peregrino, como tú. Soy galileo y mi peregrinación me lleva a otras tierras. Quédate con la calabaza y el agua que aún conserva. La necesitarás más que yo y, si la usas sabiamente y con generosidad, tendrás la recompensa que tanto añoras.

Dicho esto, el peregrino desapareció como arte de magia y Ferrán se quedó dormido. Al despertar, Ferrán pensó que todo había sido un sueño pero, ¡No! La calabaza estaba a su lado.

Ferrán continuó su camino a Jerusalén. Por el camino se fue encontrando más peregrinos que, como él, pasaban sus dificultades y penalidades para llegar a Tierra Santa, el calor y la sed era lo que hacía desfallecer a todos estos caminantes.

Ferrán se mostraba piadoso y generoso con ellos porque no dudaba de darlos de beber agua de su calabaza… hasta que se agote –pensaba Ferrán-

Pero, he aquí el milagro… ¡el agua no se agotaba nunca! Aquel peregrino con el que Ferrán se había cruzado en el camino, el que le había salvado la vida y le había regalado su milagrosa calabaza no era otro que Santiago Apóstol, el discípulo de Jesús.

– ¿Volvió Ferrán a España, abuelito?
– Pues no, Juanito, una vez que Ferrán llegó a Jerusalén y pudo rezar ante la tumba de Jesús, Ferrán se volvió un ermitaño que recorría el desierto ayudando a los peregrinos y dándoles de beber esa agua de su milagrosa calabaza.
– Entonces ¿no pudo cumplir su deseo de estar enterrado en la catedral?
– Bueno, cuentan las historias que, cuando Ferrán murió, alguno de sus discípulos y amigos que tenía en Palestina, trajeron parte de sus restos a Toledo.
– ¡Ah! si, el hueso que tocamos en esa columna.
– ¡Ay Juanito! ¿estás seguro de que has estado tocando un hueso? –dijo mi abuelo en un tono divertido- Ven que te aupo otra vez.

Mi abuelo volvió a subirme hasta el hueco y yo volví a tocar lo que creía era un hueso del caballero

– ¿Qué tocas, Juanito? –volvió a preguntarme mi abuelo-
– ¿Pues qué voy a tocar?…. ¡el hueso de Don Ferrán!
– ¿Seguro?
– Si, aunque me doy cuenta de que está algo rugoso.
– ¡Ay Juanito! Está un poco rugoso porque lo que estás tocando no es un hueso, es UN TROZO DE LA CALABAZA DE SANTIAGO.

 Transparente de la Catedral de Toledo

Texto: Juan Álvarez Hernández (26 de junio de 2015)

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