Benito Pérez Galdós y Toledo

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Toledo está en deuda con Benito Pérez Galdós. En este interesante artículo de Carlos Dueñas se analiza la figura del escritor en relación a la ciudad de Toledo.

“En el año de 1891 de la Era de Cristo, viviendo la vida toledana para la inmortalidad, aquí demoraba Benito Pérez Galdós, y escribió aquí, con palabras siempre jóvenes, Ángel Guerra, poema español de nuestros días: religioso, trágico, burlesco. Pasajero: no pases delante de mí con indiferencia. «Numen inest»”

No le falta razón a Enrique Sánchez Lubián cuando sugiere o demanda que Toledo está en deuda con Benito Pérez Galdós y que se le debería hacer un reconocimiento dedicándole una calle, plaza o paseo. Y es que la relación del insigne escritor con nuestra ciudad fue muy estrecha y extensa y en alguna de sus obras está reflejada nuestra ciudad con esa visión tan realista como agria a veces y otras algo más dulce que Galdós empleaba al escribir. De esta manera tanto en «Tristana» como en «Ángel Guerra», el autor canario hace un análisis de Toledo claro y profundo de cómo era la vida en la que fuera «Ciudad Imperial» y el contraste entre barrios y familias acomodadas y la pobreza rayando en la miseria de los pobres y de las zonas menos favorecidas. Del mismo modo nos cuenta cómo la Catedral Primada pasó de su máximo esplendor a la penuria tras la Desamortización. Y todo ello valiéndose de personajes tan reales que cada uno de los lectores de sus obras podría identificarse con ellos perfectamente. Así, nombres como Tristana, don Lope, Saturna, doña Sales, Leré, el doctor Miquis, el beneficiado Francisco Mancebo, don Pito, etcétera, (sin olvidarnos de la oveja Mariucha), quedarán vinculados para siempre a nuestra ciudad.

Perez galdos.jpgDe Joaquín Sorolla y Bastida – Original picture in the Casa-Museo Pérez Galdós (Cabildo de Gran Canaria)., Dominio público, Enlace

Nos cuenta Carmen Vaquero que, al principio, no gustó mucho Toledo a nuestro escritor y así lo refleja don Benito en su ensayo «Las generaciones artísticas en la ciudad de Toledo» (1870), donde la ciudad no recibe muchos elogios e incluso llega a decir de ella que era un lugar para lagartos y arqueólogos. Venía frecuentemente Galdós a Toledo por la proximidad a Madrid y aquí se hospedaba en el hotel Lino o en la calle de Santa Isabel en casa de las hermanas Figueras. Unas placas en ambos lugares reflejan el paso del autor por nuestra ciudad. Más tarde se alojó en la finca de la Alberquilla, desde donde subía al centro de Toledo con un amigo que, según explica Gregorio Marañón, se llamaba «Melejo»

Placa dedicada a Benito Pérez Galdós en Toledo

Placa dedicada a Galdós en la Calle Santa Isabel de Toledo. Foto: Antonio Marín.

Mis primeras lecturas de adolescente fueron algunos de los «Episodios Nacionales» de la primera serie, sobre la Guerra de la Independencia. Y en la segunda, en los volúmenes «Los Apostólicos» y «Un faccioso más y algunos frailes menos», Galdós habla de Toledo, incluyendo un personaje relacionado con cierto cigarral.

«Ángel Guerra» se publicó en 1891 y en esta obra descubrimos un Toledo, digamos diferente, de la mano del prolífico autor, donde callejuelas y conventos toman un cariz especial bajo su prisma siempre crítico pero a la vez adornado con el encanto de aquella época, época en la que habló y más tarde trajo hasta nuestra ciudad al futuro doctor Marañón, quien además de dedicarse a la medicina, será también un espléndido escritor, amén de otras muchas actividades. El doctor Marañón dedicó a Galdós un capítulo de su obra titulada «Elogio y nostalgia de Toledo», en la cual se nos muestran muchas facetas del escritor canario.

Nos asegura Carmen Vaquero que la relación -primero de desafección y luego de amor- con Toledo prosiguió durante toda la vida del autor. Aquí tuvo muy buenos amigos, uno de ellos, el pintor afincado en Toledo Ricardo Arredondo, quien llegó a decir que, aunque Galdós era anticlerical, se hizo amigo de monjas, curas y canónigos de nuestra ciudad. Amante de la buena cocina, dio también buena cuenta de platos típicos toledanos como las perdices, cabrito asado, etc., sin olvidarnos del mazapán, del cual, según nos refiere Vaquero, se atiborraba en la confitería Labrador, sita en la plaza de la Magdalena, sin olvidarnos de la mermelada que hacían las Comendadoras de Santiago.

Puede ser que el éxito de las obras de Galdós y ese estilo que conocemos como «galdosiano», se debiera a que sabía captar como nadie el lenguaje y los ademanes de cualquier persona y esto lo plasmaba en sus novelas. Quiero terminar con una curiosidad y es que parece ser que don Benito sabía distinguir el sonido de las campanas de cada iglesia de Toledo.

Fuente y agradecimiento: Carmen Vaquero Serrano.

Texto: CARLOS DUEÑAS REY

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