La doble muerte de Don Enrique de Villena
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| La doble muerte de Don Enrique de Villena |
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Don Enrique de Villena podría haber sido uno más de los numerosos nobles que poblaban Toledo en el siglo XV, una ciudad bulliciosa con más de veinte mil habitantes y cuajada de conventos, grandes palacios y casonas, presididas por el poder temporal y el perenne, el Alcázar y la Catedral. Un marqués más si no fuera por su notable afición al ocultismo y a la alquimia.
Entrando por la Puerta del Cambrón y esquivando a caballeros, religiosos, soldados, hidalgos, pillos y pobres de solemnidad, que infestaban las calles, dejando a un lado el monasterio de San Juan de los Reyes (en el que debieron descansar los restos de los Reyes Católicos) y perfilando las murallas de la judería se llegaba al palacio de Don Enrique, situado junto a lo que hoy se conocen como jardines del Tránsito. Allí pasaba días y noches enfrascado en sus lecturas el noble, con libros traídos desde las bibliotecas más importantes del mundo, sin preocuparle que la temible Inquisición le pidiera cuentas por sus lecturas. La Alquimia era la pasión de nuestro noble, pero no con el objetivo de conseguir el preciado metal, como otros pretendían, pues no ansiaba más riquezas que las que tenía sino más bien, siendo ya anciano, buscaba la forma de esquivar a la negra muerte, que no muy lejos acechaba.
Con el transcurrir de los años, y gracias a las numerosas lecturas acumuladas, a su cargo como Gran Maestre de la Orden de Calatrava y a la experiencia en los sótanos de su inmenso palacio, Don Enrique era ya un afamado nigromante, y se rumoreaba por la ciudad que había sido capaz de elaborar un misterioso brebaje que lo devolvería a la vida tras la muerte.
No muy lejos quedaban estos rumores, pues el noble preparaba ya su “muerte”, habiendo indicado a su más fiel criado los pasos a realizar cuando este penoso trance sucediese. Ordenó a su criado que cuando muriera no avisara a nadie, más bien que ocultara totalmente el hecho, disfrazándose con sus ropas y acudiendo cada día a misa de 8 en la cercana iglesia de Santo Tomé. Las instrucciones no se quedaban ahí pues también le mostró en el sótano un gran matraz de vidrio en el que debería introducir su cadáver, previo descuartizamiento para que los pedazos pudieran entrar sin problema alguno y en su totalidad.
El criado, temeroso de su amo, y poseído por una poderosa superstición acumulada durante los años de observar a su señor hacer los más terribles hechizos y encantamientos, decidió obedecer, y una vez muerto Don Enrique, cumplió a la perfección sus encargos.
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